Mostrando entradas con la etiqueta Illescas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Illescas. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de agosto de 2026

Mucho más que un colegio: ¿Quién fue Martín Chico?

 

Como decía mi admirada Gloria Fuertes, «nací a muy temprana edad» en Illescas. Salvo por algunos años en los que tuve que salir por temas de salud y trabajo , he vivido aquí toda mi vida, al igual que mi padre y toda mi familia paterna.

 Llevo a Illescas en la sangre y en el corazón; me casé con un illescano y, al igual que en mi caso, su familia paterna se remonta en este lugar a siglos atrás.

 Mis primeros años escolares los pasé con las monjas de clausura en el convento de las Concepcionistas. Allí no aprendí a leer ni a escribir, porque a los cuatro años ya había aprendido yo sola en casa con la ayuda de mi madre. Sor Inmaculada siempre me decía que, quitando cuatro cuentas, ya solo podía enseñarme a bordar. Aquello me impactó tanto que no quería ver las agujas ni los hilos ni en pintura, por lo que rogué que me cambiaran de colegio. Sin embargo, como era pequeña, aún no sabía aquello de «ten cuidado con lo que pides, no sea que se cumpla". Cambié de escuela después de un periplo por otras aulas de Guadalajara, ya que mi padre cayó muy enfermo y estuvo en el hospital casi un año. Allí, junto a mi abuela, mi abuelo y mi tío Isaac, descubrí que no todos los niños leían y escribían como yo, ni se sabían las oraciones o los cánticos; y aquellas cuatro cuentas mías ya las había superado también. Y descubrí que aprender a bordar tampoco era tan mala idea.

 El caso es que unas cosas llevaron a otras y, cuando aquel año pasó, regresé a Illescas y a mi nuevo colegio: Martín Chico. Mi primer día fue estupendo. Preparé con esmero mi vieja cartera marrón, me puse el babi de cuadritos verdes que llevábamos todas las niñas, repasé mi trenza, el pañuelito limpio, las medias bien subidas, ¡y a correr! Desde el arrabal hasta el Martín Chico, sin madre en coche ni padre de la mano; yo sola, atravesando todo el pueblo al igual que todos los niños. Así comencé mis estudios en este colegio del que, durante mucho tiempo, nunca supe por qué llevaba ese nombre ni quién era aquel señor. Han tenido que pasar bastantes años, he tenido que llevar a mis propias hijas a Martín Chico (los nuevos edificios que se construyeron con el mismo nombre) y he tenido que tener nietos para comenzar a buscar e indagar quién fue aquel hombre, qué hizo y por qué bautizaron las escuelas en su honor.

Martín Chico Suárez

Martín Chico Suárez, que es su nombre completo, nació en Cehegín (Murcia) en 1864 —curiosamente, yo nací justo cien años después—. Fue un reconocido filántropo, maestro, pedagogo, escritor y protector de la naturaleza por tierras segovianas, toledanas, sorianas y madrileñas, lugares donde desarrolló toda su carrera. Fue un gran educador, precursor de las teorías pedagógicas modernas de la época. Su libro más celebrado es Mi amigo el árbol (no confundir con la obra homónima de Mónica Krumbach). Aunque no fue el único volumen que escribió, sí se convirtió en el más famoso. Es un libro precioso que desborda amor por la naturaleza y, en especial, por los árboles. 

Mi Amigo el Árbol, descatalogado, lo estoy buscando como loca.

Hoy en día, aunque nos parezca mentira, se ha convertido en una obra referencial y de culto entre naturalistas y ecologistas. Cómo he mencionado antes, Martín Chico Suárez nació en Cehegín, un pueblo del noroeste murciano jalonado de grandes fincas de secano y regadío, así como de regias casonas palaciegas donde los condes, duques y marqueses llegados de la capital del reino aplacaban el calor sofocante de los meses de verano. Por sus venas fluía también la sangre asturiana de sus abuelos maternos, los Suárez Menéndez, quienes llegaron desde Gijón en busca de un futuro diferente para ellos y sus hijos, como tantos otros padres a lo largo de la historia. Fue precisamente su padre quien le transmitió el afán por el saber. El propio Martín cuenta en su libro cómo su progenitor, huérfano de padre, se las ingeniaba a espaldas de su severo padrastro para aprender a leer y escribir. 

Gran maestro y pedagogo

Lo hacía de la mano de un labrador vecino que le prometió enseñarle las letras a cambio de realizar algunas labores, como surcar la tierra con una azada, abriendo paso para que el agua de las acequias discurriese a través de los cultivos. Al atardecer, tomando por cómplice a un olivo centenario que le servía de escabel, escapaba de su casa saltando la tapia con el afán de sentirse algún día importante a través del saber. Luego, cansado, volvía al amanecer y, trepando por el lomo de su amigo silencioso, accedía a su cuarto para descansar apenas una hora antes de volver a las labores hortenses en la finca vecina, gobernada por un rico hacendado.

 Placa conmemorativa, en la ciudad de Segovia 

Acabó el joven Martín con gran éxito sus estudios de maestro, y fue precisamente en nuestro pueblo, Illescas, donde empezó a impartir su magisterio con gran brillantez y entusiasmo. Estuvo poco tiempo, ya que con las seiscientas veinticinco pesetas que ganaba al año (sí, al año, menos de dos euros de hoy), no vislumbraba un futuro muy prometedor para su recién formada familia; pero dejó aquí su impronta para siempre. Los illescanos contaban que le cogieron un gran cariño y vieron el gran caudal de sabiduría que se les iba, aunque nada podían hacer (¡le podían haber subido el sueldo!). La decisión estaba tomada. También decían que daba clases particulares sin cobrar nada; fue un hombre extraordinario.

Tras unas oposiciones excelentes, le destinaron a Segovia, la ciudad del gran acueducto de piedra. Allí su magisterio alcanzó la plenitud, cultivando sus dotes como pedagogo y explorando las técnicas de enseñanza más vanguardistas de la época, basadas en el lema de «aprender haciendo». Los niños le adoraban. A sus buenas formas, su paciencia y su tolerancia, unía uno de sus tesoros más preciados: la filantropía. 

Esta faceta fue la que le llevó, como he mencionado antes, a dar clases particulares sin cobrar nada por ello o a fundar una institución llamada «El niño descalzo». Esta sociedad benéfico-escolar, nacida de su propio empeño y del apoyo de los vecinos, se volcaba con los alumnos más humildes de la provincia que acudían a las aulas sin recursos, proporcionándoles calzado, ropa, comida caliente y atención sanitaria. Aunque la asociación desapareció décadas más tarde tras su marcha, aquella iniciativa fue el precioso antepasado de lo que hoy conocemos como becas de comedor y ayudas escolares; un auténtico milagro de justicia social para la época.

Pero su afán por evolucionar en el ámbito profesional no tenía límites. Aprobó unas nuevas oposiciones que le llevaron definitivamente a la capital. Cuentan que en Madrid nunca habían visto cosa igual: los miembros del tribunal se levantaron en pleno para felicitar a Martín por su brillantísima exposición oral. Atrás quedaron siete años maravillosos en la ciudad de Segovia. Allí siempre será recordado, al igual que en Illescas, por un colegio público que constituye un permanente homenaje a la figura del gran maestro, aunque la mayoría de nosotros ignoremos quién fue.

Era considerado por sus colegas un «maestro de maestros», y también por quienes le conocían, además de ser un extraordinario calígrafo, poeta y escritor. Hasta el gran Azorín, en uno de sus ensayos, ensalzó la gran labor y figura de Martín en Segovia. Lo extraño es que no lo hiciera en su etapa de Illescas, porque Azorín era muy dado a parar aquí cuando viajaba a Toledo y escribía sobre nosotros, aunque no siempre gustase lo que escribía (pero eso lo dejo para otro post).

Martín no era un hombre de estridencias. Ya viudo de su querida esposa Josefa Rello y jubilado, marchó a la tierra que le vio nacer; sus hijos tenían su futuro resuelto y no le necesitaban. Ellos también fueron inoculados con el gen del saber, el mismo que un día llevó a su abuelo Pedro Chico a escaparse de incógnito para poder alfabetizarse, o a su padre a estudiar en Madrid cuando el hijo de un jornalero solo podía aspirar a ser jornalero también.

Padecía bronquitis crónica desde hacía décadas y sabía que eso acabaría con su vida. También sufría una hemiplejia que le impedía moverse con desenvoltura. Lo meditó muy bien antes de tomar el tren que le devolvería definitivamente a su origen, a la tierra húmeda, a la rica huerta, a los aromáticos frutales y a su amigo y cómplice: el viejo olivo. Aquel árbol de tronco retorcido y hojas de verde grisáceo que, tantos años atrás, había custodiado los sueños de su padre, lo recibió de vuelta en su amado Cehegín. Allí, rodeado del aroma a tierra mojada y del susurro de las hojas que tanto defendió en sus libros, Martín Chico Suárez cerró los ojos para siempre en 1944. Se fue el maestro, pero nos dejó un legado eterno.

La próxima vez que pasemos por las puertas de nuestro colegio en Illescas, miremos el cartel con otros ojos. Ya no es solo un nombre en la fachada; es el recuerdo vivo de aquel hombre extraordinario que creía que la educación y la naturaleza podían cambiar el mundo, y que un buen día, sembró sus primeras enseñanzas en las mentes de nuestros propios antepasados.

Agradecer a Antonio Peñalver de La Panorámica, su trabajo de investigación en 2016 para poder conocer la historia de esta gran persona.

Y honremos su memoria, tal y como reza en su epitafio: “Martín Chico Suárez. Maestro”.

Descanse en Paz Maestro

Mostrando el temple de un hombre que supo vivir y morir humildemente.

sábado, 8 de agosto de 2026

La traición al Puente Matajudíos y las venas secas de Illescas

 

«La tradición no es el pasado; la tradición es el presente que se conserva vivo en el alma de los pueblos.» Azorín

¿Se puede borrar el pasado con una capa de cemento? Viajamos por la Illescas invisible a través de los ojos del joven Azorín, analizando cómo sus crónicas siguen vigentes frente al soterramiento y el olvido de nuestra memoria colectiva.

José Martínez Ruiz ante el espejo de Illescas: la denuncia del olvido.

Muchos vecinos conocen el nombre de Azorín como el del célebre escritor que retrataba con nostalgia los paisajes castellanos. Lo que ya no tantos recuerdan es que, mucho antes de convertirse en ese literato consagrado, un joven periodista firmaba con su nombre real, José Martínez Ruiz, unas crónicas descarnadas que ponían el dedo en la llaga de nuestros males crónicos. No escribía para regalar el oído a nadie; lo hacía como un reportero pegado al terreno, denunciando la dejadez, el abandono del arte, el descuido de los arroyos y el entorno de una Illescas que parecía suspendida en el tiempo. Para Martínez Ruiz, nuestro pueblo no era solo una parada obligatoria en el camino hacia Toledo; era el vivo reflejo de una lacra que Illescas lleva siglos soportando: el olvido y la desidia de quienes debieron proteger su esplendor. Mientras los viajeros de paso solo veían la belleza rápida de la iglesia o el paisaje plano de los olivares, su mirada periodística captaba la cruda realidad de una villa maltratada por la historia y por el descuido de sus propias instituciones.


El «soterramiento» de nuestra memoria: el Puente Matajudíos

Si José Martínez Ruiz levantara la cabeza, comprobaría con tristeza que sus crónicas de denuncia siguen estando vigentes en el siglo XXI. El periodista de la generación del 98, clamaba contra el descuido de los arroyos y del entorno; una herida abierta en Illescas que hemos visto sangrar de forma literal en las últimas décadas. Un ejemplo flagrante de esta desidia institucional es lo que ocurrió con lo que los vecinos de toda la vida siempre llamamos el «Puente Matajudíos». Aquella hermosa obra de ladrillo y mampostería —un acueducto levantado a finales del siglo XIX para salvar el barranco de la Pocilla— cumplía la misión vital de conducir el agua desde el arroyo del Cubo hasta las entrañas del pueblo. Era un símbolo de nuestra ingeniería popular,  la de un  Illescas que luchaba por progresar. Sin embargo, en el año 2004, las autoridades decidieron que la mejor forma de «conservarlo» era enterrarlo. Lo soterraron o, como bien sospechamos muchos vecinos de mi generación, lo derribaron y lo ocultaron bajo una capa de tierra y olvido para que no estorbase a la expansión urbana. Incluso le cambiaron oficialmente el nombre a «Acueducto del Perdón» antes de hacerlo desaparecer, como si quisieran borrar también la crudeza de su propia toponimia. Enterrar el Puente Matajudíos fue, en realidad, enterrar un pedazo de nuestra identidad. Al igual que el arroyo del Cubo ha vivido históricamente invisibilizado y dándole la espalda al casco urbano, nuestro patrimonio civil corre la misma suerte: si molesta, se tapa; si se deteriora, se mira hacia otro lado. Es exactamente la misma lacra que Martínez Ruiz retrató con su firma real: una preocupante falta de sensibilidad histórica que prefiere ocultar los restos de nuestro pasado antes que restaurarlos con orgullo para disfrute de la comunidad.


El agua encarcelada: cuando Illescas borró sus cauces vivos.

El arroyo del Cubo no era un hilillo de agua cualquiera; era una de las arterias más caudalosas y vivas de Illescas. Su fuerza histórica era tal que, ya en pleno Medievo, alimentaba con su caudal a las industrias curtidoras asentadas en la zona de la Tenería. Al aproximarse al antiguo arrabal —el escenario de mis correrías infantiles—, el Cubo unía sus fuerzas con el arroyo del Boquerón y con aquel otro curso que los vecinos bautizamos popularmente como el «Vedao» (aunque en los mapas oficiales figure como el arroyo Viñuela o Vihuela). Cuando el cielo se rompía y las lluvias arreciaban con furia torrencial, la unión de estos tres cauces provocaba auténticas avenidas de agua. Eran riadas salvajes que lo inundaban todo, arrasando huertas y desdibujando los caminos vecinales a su paso. Era la naturaleza en estado puro, indomable y brava. Frente a esa fuerza, la respuesta moderna no fue la integración ni el respeto, sino la brocha gorda del progreso mal entendido. A las autoridades les dio por alterar la fisionomía del terreno, modificar los cauces históricos y sepultarlos bajo toneladas de hormigón a diestro y siniestro. Se priorizó el asfalto frente a la memoria de la tierra. ¿El resultado? Una agresión medioambiental y paisajística que hoy salta a la vista. Esos arroyos que antes daban vida y condicionaban el urbanismo medieval de nuestra Villa, hoy son cicatrices secas y grises. Salvo cuando una tormenta extrema reclama con violencia lo que es suyo, la mayor parte del año no arrastran ni una sola gota de agua. Hemos encarcelado nuestros ríos, secado nuestro entorno y, con ello, perpetuado esa misma lacra de olvido que José Martínez Ruiz denunció con tanta amargura.



El precio del hormigón y la desidia: una llamada a la conciencia

Esta es la Illescas que no sale en los folletos oficiales ni en los discursos rimbombantes de las campañas electorales. Conectar la mirada crítica del joven José Martínez Ruiz con la desaparición de nuestros arroyos y el soterramiento del Puente Matajudíos no es un mero ejercicio de nostalgia. Es una denuncia en toda regla contra una forma de hacer política que prefiere el cemento rápido a la conservación de nuestra identidad. Ojalá estas líneas llegaran a los ojos de más de un político cantamañanas de los que abundan hoy en día; de esos que solo conocen el pueblo a golpe de decretos, leyes de despacho y fotos oficiales. Ojalá lo leyesen y sintiesen, aunque solo fuera por un instante, una profunda vergüenza por sus gestiones. Vergüenza por haber permitido que el patrimonio de todos se entierre como si fuera basura. Vergüenza por despachar con una capa de hormigón a diestro y siniestro unos cauces medievales que llevaban siglos dando vida a nuestro entorno. Mientras ellos sigan gestionando de espaldas a la historia y al sentido común, los vecinos de Illescas seguiremos pagando el precio de su ignorancia: un pueblo más gris, más seco y cada vez más despojado de sus raíces. No permitamos que el hormigón tape también nuestra memoria.


viernes, 24 de julio de 2026

El Puente Medieval de la Tenería: las piedras que el tiempo no pudo borrar

Hola. Aquí estoy de nuevo. 

Gracias a todos los que os acercáis a este espacio; vuestro apoyo me da ánimos para seguir escribiendo e investigando. Aunque, a decir verdad, indagar sobre la historia en general, y la de Illescas en particular, a menudo se convierte en un ejercicio de frustración, salpicado de dosis de cabreo y mal humor.

Entre archivos perdidos en los avatares del tiempo y el manto de olvido y dejadez que arrastramos desde hace siglos, rescatar nuestro pasado requiere paciencia. Exige leer, comparar datos y pasar muchas horas frente a los documentos para, a lo mejor, tan solo descubrir el antiguo nombre de una calle o de un paraje. Es un esfuerzo que la mayoría de las veces pasa tan inadvertido como las propias historias que intento rescatar. Pero, al igual que las ajadas piedras de nuestro entorno, aún me quedan ganas de permanecer aquí: en pie (o más bien sentada) y, al igual que ellas, me niego a desaparecer.

Hoy me pongo las botas y agarro mi bastón porque quiero que me acompañéis. Os invito a un paseo por un paraje de nuestra Villa que debería ser un remanso de frescura, naturaleza y respeto por nuestro patrimonio. Lamentablemente, este rincón medieval hoy está en ruinas, abandonado entre la basura y pasando desapercibido para muchos...Cruzar el Puente Medieval de la Tenería es dar un salto al pasado con los ojos cerrados, dejándose guiar por el eco de una historia que las instituciones parecen haber olvidado. A menudo pensamos que el patrimonio de Illescas se reduce a los lienzos de El Greco, a los milagros o a las crónicas palaciegas que acaecieron en el pasado; pero la verdadera identidad de nuestra Villa se forjó en la tierra, en el barro, en el agua y en el esfuerzo diario de sus habitantes. 

Escondido en la zona oeste, este robusto y resistente arco de piedra sobre el arroyo del Cubo sobrevive no solo a las riadas de los siglos, sino también a una preocupante dejadez histórica que ha borrado gran parte de sus fechas y nombres propios. Sin embargo, las piedras tienen memoria. Hoy aparto el silencio institucional para desenterrar esas pequeñas "migas de historia" que, en su conjunto, componen el alma de este pueblo. Os hablo de un rincón que un día olió a cuero, a esfuerzo gremial, a sudor y a sangre. Un espacio donde labriegos y arrieros conectaban nuestro pueblo con el resto de la Sagra...

El nombre de este paraje no es casual: hace referencia directa a las antiguas tenerías, los talleres donde los artesanos curtían y preparaban las pieles. Desde el siglo XV, este oficio —vital para la economía local— requería obligatoriamente el acceso a una corriente constante de agua para lavar los cueros. Por ello, y debido a los fuertes olores que generaba el proceso, este barrio gremial se asentó en la periferia. En su época de mayor esplendor, entre los siglos XV y XVI, de tres a cinco familias de curtidores operaban aquí simultáneamente. No eran grandes industrias, sino pequeños artesanos que debían convivir y repartirse meticulosamente el uso del agua. 

Para garantizar un paso seguro en este entorno de bullicio industrial y blindar el comercio local, el Concejo de la Villa ordenó construir este puente de piedra de un solo ojo: solido, funcional y desafiante al paso del tiempo. Aunque hoy nos cueste imaginarlo ante la alarmante escasez de agua que sufre el arroyo del Cubo, en aquel entonces se trataba de una infraestructura estratégica. Illescas crecía con fuerza gracias al comercio y al tránsito de viajeros, pero el arroyo cortaba el paso hacia los caminos de la zona oeste de la Sagra. Si bien en verano el caudal descendía exponencialmente, las estaciones de otoño, primavera e invierno traían fuertes crecidas que amenazaban con aislar al pueblo y ponían en peligro la vida de viandantes, labriegos y carros de mercancías. El puente se convirtió, así, en nuestro cordón umbilical con los caminos antiguos que conducían a El Viso de San Juan y Carranque.

Pero el tiempo no perdona y los oficios cambian. Dando un salto cronológico hasta 1752, nos encontramos con el famoso Catastro del Marqués de la Ensenada, el cual nos permite asomarnos por una pequeña rendija al censo de oficios de nuestra Villa. Gracias a este monumental interrogatorio real, sabemos que en aquel año aún se resistía a desaparecer la tradición en el paraje, registrado con una arcaica "h" intercalada como "Theneria". Aquel último taller se hallaba en extramuros _fuera de la desaparecida Puerta de Talavera _ El negocio era propiedad de Don Cristóbal López del Valle, vecino de Illescas, y en él se fabricaba suela y cordobán. Aunque su dueño seguía trabajando a pesar del ya por entonces escaso caudal del arroyo, el taller se encontraba poco surtido; apenas podía producir unos tres mil reales al año. La gran industria de la piel en la Sagra agonizaba, pero Don Cristóbal mantenía vivo el último aliento de una herencia centenaria. Imaginar el día a día en aquellas pozas es evocar una realidad tan cruda como fascinante. 

El proceso comenzaba en los caleros o pelambres, unas piletas donde los artesanos mezclaban el agua con cal viva para ablandar las pieles y poder arrancar el pelo. Tras este baño, venía una de las fases más duras del oficio: el purgado. Para eliminar la cal y flexibilizar el cuero, los curtidores recurrían al uso de orines y excrementos de animales. El amoníaco de estas sustancias, sumado al calor del verano, convertía este paraje en un foco de olores insoportables, justificando por qué debían trabajar lejos de los muros de la población. Una vez limpias y purgadas, el verdadero secreto del curtido ocurría bajo el suelo, dentro de los noques o cajones. Eran pozas rectangulares excavadas en la tierra y construidas, nunca mejor dicho, a cal y canto para asegurar una impermeabilidad perfecta. Allí dentro, las pieles se "asentaban" durante meses sumergidas en un agua teñida por el polvo del zumaque local (o taninos). Curiosamente, en las excavaciones de nuestra Villa suelen aparecer gran cantidad de tinajas de barro medievales. Siempre nos han dicho que servían para guardar el vino o el grano, pero conociendo la fuerza de este oficio, ¿y si muchas de esas piezas de arcilla no eran despensas, sino los noques ocultos de nuestros curtidores? La arqueología de la provincia ya ha demostrado en otros yacimientos que las tinajas enterradas eran el motor silencioso de las tenerías castellanas. 




Hace poco, los cimientos de una nueva vivienda en Illescas dejaron al descubierto lo que para muchos —incluso para ojos expertos— "no era nada": una estructura blanca de tres metros y muros olvidados de adobe y ladrillo. Para mí, tras examinar las fotos y unir las piezas del mapa histórico, no hay duda. Allí, en una zona hoy engullida por el crecimiento urbano pero que en el pasado eran las afueras desiertas junto al arroyo, emergió el verdadero enclave de nuestra tenería. Esas costras de cal que la tierra devuelve, esos muros modestos de adobe y las piedras del Puente de la Tenería que hoy pisamos entre plásticos y desidia, son los testigos mudos de la Illescas que se forjó con el sudor de sus vecinos. Apartar el silencio institucional no es solo limpiar la basura de un paraje; es rescatar la dignidad de nuestra propia historia antes de que el cemento y el olvido la sepulten para siempre.


jueves, 25 de noviembre de 2010

Contenido de la Carta Puebla, de Illescas.

Físicamente, esta Carta Puebla es una auténtica joya; asomarse a ella es acariciar la historia con los ojos. Hablamos de un privilegio real trazado en latín sobre un antiguo pergamino, un documento que dictaba las normas de juego para los nuevos habitantes, regulando desde la propiedad de las tierras hasta la convivencia jurídica de la comunidad. Era una herramienta clave durante la Reconquista, pensada para dar vida, orden y seguridad a enclaves estratégicos recién ganados, como nuestra Villa.
Pero si nos fijamos en su belleza visual, desde un punto de vista paleográfico (el estudio de las escrituras antiguas), el texto destaca por lucir la llamada letra carolina. Es un estilo de caligrafía fascinante, famoso por sus líneas simétricas, sus trazos gruesos y la elegancia de sus astiles altos —esos rabitos superiores de las letras— que se curvan en la primera línea con una regularidad perfecta. Al observarlo con atención, esa acusada tendencia geométrica nos desvela algo mágico: estamos ante el eslabón perdido que ya anunciaba el nacimiento de la futura escritura gótica medieval.


Fragmento de la Carta Puebla de Illescas .



Carta Puebla de Ciudad Real.

Así lo denominan desde el archivo municipal de Illescas. La verdad es que nunca he tenido la dicha de poder verla en persona; tan solo conozco un pequeño fragmento gracias al libro “Historia de Illescas”, escrito por Francisco Romo de Arce y Torrejón (1995), y el contenido que dejó reflejado Alberto Aguilar Carmena en su joya de 1927, “Illescas: notas histórico-artísticas”. Estos textos, sumados a otros apuntes, ideas y recuerdos, son los referentes de los que me nutro para rendir este pequeño homenaje a nuestra Villa y a su pasado.
A continuación, os comparto la versión castellana de este histórico documento: la Carta Puebla de la Villa de Illescas, concedida por el rey Alfonso VII el Emperador en Toledo, fechada a VIII de los idus de abril de la era 1192 (que corresponde al 6 de abril de 1154).
Carta Puebla de Benavente


“En el nombre del Señor, Amen. Yo Alfonso, Emperador de Espala, en unión de mi mujer la Emperatriz D.ª Rica y con mis hijos los Reyes Sancho y Fernando, otorgamos a vosotros los hombres de Illescas así presentes como futuros y a vuestros hijos y descendientes todos, esta carta de donación de cuantas heredades poseáis actualmente y ya poseíais en la villa de Illescas, para que desde hoy disfrutéis libre y pacíficamente, sin que por ello paguéis canon alguno, sino tan solo sendos cahices de pan mediado de trigo y cebada. Y os doy por término a Casarrubios, y a Torrejón, y a Azaña, y a Balaguera, y a Boadilla y dispongo que nadie pueda tener allí heredad sino los gascones, y os doy como fuero que no tengáis en la villa de Illescas Alcalde ni juez, ni Alcaldes, sino gascones, y hágalo para que desde hoy lo hagáis y poseáis vosotros y vuestros hijos y descendientes por juro de heredad perpetuamente, por ser esta mi firme voluntad. Si empero alguien intentare contravenir a ella, sea maldito, excomulgado y condenado al infierno por traidor Judas y peche al erario real mil maravedises. Hecha esta carta en Toledo, era 1192, a VIII de los idus de Abril reinando el referido Alfonso, Emperador de Toledo, en León, en Galicia, en Castilla, en Nájera, en Zaragoza, en Baeza, y en Almería. El Conde de Barcelona, vasallo del Emperador, Sancho , rey de Navarra, vasallo del Emperador. Yo Alfonso, Emperador de España, de mi propia mano corroboro y confirmo esta carta que mando escribir.
El rey Sancho, hijo del Emperador, confirma.
                                                                El Rey Fernando, hijo del Emperador, confirma.
El Conde Poncio, mayordomo del emperador confirma.
                                              Juan, Arzobispo de Toledo y Primado de España, confirma.
El Conde Amalrico, lugarteniente en Baeza, confirma.
                                                                      Gutierre Ruiz, Alcalde de Toledo, confirma.
Gutierre Fernández, confirma.             
                                                                               El Alguacil, Julián Decapela, confirma.    
García Garcíaz de Aza, confirma.
                                                                                    El Alguacil, Julián Pérez, confirma.



Nuño Pérez, Alférez del Emperador, confirma.

                                                                          Esteban Abembram, Zalmeida, confirma.
Juan Fernández, Chantre y Canciller del Emperador, mandó escribir esta carta.”.
Carta Puebla de S. Miguel.
Carta Puebla de Madridejos.


Carta puebla de Villaviciosa.
Carta Puebla de Bilbao.