Como decía mi admirada Gloria Fuertes, «nací a muy temprana edad» en Illescas. Salvo por algunos años en los que tuve que salir por temas de salud y trabajo , he vivido aquí toda mi vida, al igual que mi padre y toda mi familia paterna.
Llevo a Illescas en la sangre y en el corazón; me casé con un illescano y, al igual que en mi caso, su familia paterna se remonta en este lugar a siglos atrás.
Mis primeros años escolares los pasé con las monjas de clausura en el convento de las Concepcionistas. Allí no aprendí a leer ni a escribir, porque a los cuatro años ya había aprendido yo sola en casa con la ayuda de mi madre. Sor Inmaculada siempre me decía que, quitando cuatro cuentas, ya solo podía enseñarme a bordar. Aquello me impactó tanto que no quería ver las agujas ni los hilos ni en pintura, por lo que rogué que me cambiaran de colegio. Sin embargo, como era pequeña, aún no sabía aquello de «ten cuidado con lo que pides, no sea que se cumpla". Cambié de escuela después de un periplo por otras aulas de Guadalajara, ya que mi padre cayó muy enfermo y estuvo en el hospital casi un año. Allí, junto a mi abuela, mi abuelo y mi tío Isaac, descubrí que no todos los niños leían y escribían como yo, ni se sabían las oraciones o los cánticos; y aquellas cuatro cuentas mías ya las había superado también. Y descubrí que aprender a bordar tampoco era tan mala idea.
El caso es que unas cosas llevaron a otras y, cuando aquel año pasó, regresé a Illescas y a mi nuevo colegio: Martín Chico. Mi primer día fue estupendo. Preparé con esmero mi vieja cartera marrón, me puse el babi de cuadritos verdes que llevábamos todas las niñas, repasé mi trenza, el pañuelito limpio, las medias bien subidas, ¡y a correr! Desde el arrabal hasta el Martín Chico, sin madre en coche ni padre de la mano; yo sola, atravesando todo el pueblo al igual que todos los niños. Así comencé mis estudios en este colegio del que, durante mucho tiempo, nunca supe por qué llevaba ese nombre ni quién era aquel señor. Han tenido que pasar bastantes años, he tenido que llevar a mis propias hijas a Martín Chico (los nuevos edificios que se construyeron con el mismo nombre) y he tenido que tener nietos para comenzar a buscar e indagar quién fue aquel hombre, qué hizo y por qué bautizaron las escuelas en su honor.
Martín Chico Suárez, que es su nombre completo, nació en Cehegín (Murcia) en 1864 —curiosamente, yo nací justo cien años después—. Fue un reconocido filántropo, maestro, pedagogo, escritor y protector de la naturaleza por tierras segovianas, toledanas, sorianas y madrileñas, lugares donde desarrolló toda su carrera. Fue un gran educador, precursor de las teorías pedagógicas modernas de la época. Su libro más celebrado es Mi amigo el árbol (no confundir con la obra homónima de Mónica Krumbach). Aunque no fue el único volumen que escribió, sí se convirtió en el más famoso. Es un libro precioso que desborda amor por la naturaleza y, en especial, por los árboles.
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| Mi Amigo el Árbol, descatalogado, lo estoy buscando como loca. |
Hoy en día, aunque nos parezca mentira, se ha convertido en una obra referencial y de culto entre naturalistas y ecologistas. Cómo he mencionado antes, Martín Chico Suárez nació en Cehegín, un pueblo del noroeste murciano jalonado de grandes fincas de secano y regadío, así como de regias casonas palaciegas donde los condes, duques y marqueses llegados de la capital del reino aplacaban el calor sofocante de los meses de verano. Por sus venas fluía también la sangre asturiana de sus abuelos maternos, los Suárez Menéndez, quienes llegaron desde Gijón en busca de un futuro diferente para ellos y sus hijos, como tantos otros padres a lo largo de la historia. Fue precisamente su padre quien le transmitió el afán por el saber. El propio Martín cuenta en su libro cómo su progenitor, huérfano de padre, se las ingeniaba a espaldas de su severo padrastro para aprender a leer y escribir.
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| Gran maestro y pedagogo |
Lo hacía de la mano de un labrador vecino que le prometió enseñarle las letras a cambio de realizar algunas labores, como surcar la tierra con una azada, abriendo paso para que el agua de las acequias discurriese a través de los cultivos. Al atardecer, tomando por cómplice a un olivo centenario que le servía de escabel, escapaba de su casa saltando la tapia con el afán de sentirse algún día importante a través del saber. Luego, cansado, volvía al amanecer y, trepando por el lomo de su amigo silencioso, accedía a su cuarto para descansar apenas una hora antes de volver a las labores hortenses en la finca vecina, gobernada por un rico hacendado.

Placa conmemorativa, en la ciudad de Segovia
Acabó el joven Martín con gran éxito sus estudios de maestro, y fue precisamente en nuestro pueblo, Illescas, donde empezó a impartir su magisterio con gran brillantez y entusiasmo. Estuvo poco tiempo, ya que con las seiscientas veinticinco pesetas que ganaba al año (sí, al año, menos de dos euros de hoy), no vislumbraba un futuro muy prometedor para su recién formada familia; pero dejó aquí su impronta para siempre. Los illescanos contaban que le cogieron un gran cariño y vieron el gran caudal de sabiduría que se les iba, aunque nada podían hacer (¡le podían haber subido el sueldo!). La decisión estaba tomada. También decían que daba clases particulares sin cobrar nada; fue un hombre extraordinario.
Tras unas oposiciones excelentes, le destinaron a Segovia, la ciudad del gran acueducto de piedra. Allí su magisterio alcanzó la plenitud, cultivando sus dotes como pedagogo y explorando las técnicas de enseñanza más vanguardistas de la época, basadas en el lema de «aprender haciendo». Los niños le adoraban. A sus buenas formas, su paciencia y su tolerancia, unía uno de sus tesoros más preciados: la filantropía.
Esta faceta fue la que le llevó, como he mencionado antes, a dar clases particulares sin cobrar nada por ello o a fundar una institución llamada «El niño descalzo». Esta sociedad benéfico-escolar, nacida de su propio empeño y del apoyo de los vecinos, se volcaba con los alumnos más humildes de la provincia que acudían a las aulas sin recursos, proporcionándoles calzado, ropa, comida caliente y atención sanitaria. Aunque la asociación desapareció décadas más tarde tras su marcha, aquella iniciativa fue el precioso antepasado de lo que hoy conocemos como becas de comedor y ayudas escolares; un auténtico milagro de justicia social para la época.
Pero su afán por evolucionar en el ámbito profesional no tenía límites. Aprobó unas nuevas oposiciones que le llevaron definitivamente a la capital. Cuentan que en Madrid nunca habían visto cosa igual: los miembros del tribunal se levantaron en pleno para felicitar a Martín por su brillantísima exposición oral. Atrás quedaron siete años maravillosos en la ciudad de Segovia. Allí siempre será recordado, al igual que en Illescas, por un colegio público que constituye un permanente homenaje a la figura del gran maestro, aunque la mayoría de nosotros ignoremos quién fue.
Era considerado por sus colegas un «maestro de maestros», y también por quienes le conocían, además de ser un extraordinario calígrafo, poeta y escritor. Hasta el gran Azorín, en uno de sus ensayos, ensalzó la gran labor y figura de Martín en Segovia. Lo extraño es que no lo hiciera en su etapa de Illescas, porque Azorín era muy dado a parar aquí cuando viajaba a Toledo y escribía sobre nosotros, aunque no siempre gustase lo que escribía (pero eso lo dejo para otro post).
Martín no era un hombre de estridencias. Ya viudo de su querida esposa Josefa Rello y jubilado, marchó a la tierra que le vio nacer; sus hijos tenían su futuro resuelto y no le necesitaban. Ellos también fueron inoculados con el gen del saber, el mismo que un día llevó a su abuelo Pedro Chico a escaparse de incógnito para poder alfabetizarse, o a su padre a estudiar en Madrid cuando el hijo de un jornalero solo podía aspirar a ser jornalero también.
Padecía bronquitis crónica desde hacía décadas y sabía que eso acabaría con su vida. También sufría una hemiplejia que le impedía moverse con desenvoltura. Lo meditó muy bien antes de tomar el tren que le devolvería definitivamente a su origen, a la tierra húmeda, a la rica huerta, a los aromáticos frutales y a su amigo y cómplice: el viejo olivo. Aquel árbol de tronco retorcido y hojas de verde grisáceo que, tantos años atrás, había custodiado los sueños de su padre, lo recibió de vuelta en su amado Cehegín. Allí, rodeado del aroma a tierra mojada y del susurro de las hojas que tanto defendió en sus libros, Martín Chico Suárez cerró los ojos para siempre en 1944. Se fue el maestro, pero nos dejó un legado eterno.
La próxima vez que pasemos por las puertas de nuestro colegio en Illescas, miremos el cartel con otros ojos. Ya no es solo un nombre en la fachada; es el recuerdo vivo de aquel hombre extraordinario que creía que la educación y la naturaleza podían cambiar el mundo, y que un buen día, sembró sus primeras enseñanzas en las mentes de nuestros propios antepasados.
Agradecer a Antonio Peñalver de La Panorámica, su trabajo de investigación en 2016 para poder conocer la historia de esta gran persona.







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