«La tradición no es el pasado; la tradición es el presente que se conserva vivo en el alma de los pueblos.» Azorín
¿Se puede borrar el pasado con una capa de cemento? Viajamos por la Illescas invisible a través de los ojos del joven Azorín, analizando cómo sus crónicas siguen vigentes frente al soterramiento y el olvido de nuestra memoria colectiva.
José Martínez Ruiz ante el espejo de Illescas: la denuncia del olvido.
Muchos vecinos conocen el nombre de Azorín como el del célebre escritor que retrataba con nostalgia los paisajes castellanos. Lo que ya no tantos recuerdan es que, mucho antes de convertirse en ese literato consagrado, un joven periodista firmaba con su nombre real, José Martínez Ruiz, unas crónicas descarnadas que ponían el dedo en la llaga de nuestros males crónicos. No escribía para regalar el oído a nadie; lo hacía como un reportero pegado al terreno, denunciando la dejadez, el abandono del arte, el descuido de los arroyos y el entorno de una Illescas que parecía suspendida en el tiempo. Para Martínez Ruiz, nuestro pueblo no era solo una parada obligatoria en el camino hacia Toledo; era el vivo reflejo de una lacra que Illescas lleva siglos soportando: el olvido y la desidia de quienes debieron proteger su esplendor. Mientras los viajeros de paso solo veían la belleza rápida de la iglesia o el paisaje plano de los olivares, su mirada periodística captaba la cruda realidad de una villa maltratada por la historia y por el descuido de sus propias instituciones.
Si José Martínez Ruiz levantara la cabeza, comprobaría con tristeza que sus crónicas de denuncia siguen estando vigentes en el siglo XXI. El periodista de la generación del 98, clamaba contra el descuido de los arroyos y del entorno; una herida abierta en Illescas que hemos visto sangrar de forma literal en las últimas décadas. Un ejemplo flagrante de esta desidia institucional es lo que ocurrió con lo que los vecinos de toda la vida siempre llamamos el «Puente Matajudíos». Aquella hermosa obra de ladrillo y mampostería —un acueducto levantado a finales del siglo XIX para salvar el barranco de la Pocilla— cumplía la misión vital de conducir el agua desde el arroyo del Cubo hasta las entrañas del pueblo. Era un símbolo de nuestra ingeniería popular, la de un Illescas que luchaba por progresar. Sin embargo, en el año 2004, las autoridades decidieron que la mejor forma de «conservarlo» era enterrarlo. Lo soterraron o, como bien sospechamos muchos vecinos de mi generación, lo derribaron y lo ocultaron bajo una capa de tierra y olvido para que no estorbase a la expansión urbana. Incluso le cambiaron oficialmente el nombre a «Acueducto del Perdón» antes de hacerlo desaparecer, como si quisieran borrar también la crudeza de su propia toponimia. Enterrar el Puente Matajudíos fue, en realidad, enterrar un pedazo de nuestra identidad. Al igual que el arroyo del Cubo ha vivido históricamente invisibilizado y dándole la espalda al casco urbano, nuestro patrimonio civil corre la misma suerte: si molesta, se tapa; si se deteriora, se mira hacia otro lado. Es exactamente la misma lacra que Martínez Ruiz retrató con su firma real: una preocupante falta de sensibilidad histórica que prefiere ocultar los restos de nuestro pasado antes que restaurarlos con orgullo para disfrute de la comunidad.
El arroyo del Cubo no era un hilillo de agua cualquiera; era una de las arterias más caudalosas y vivas de Illescas. Su fuerza histórica era tal que, ya en pleno Medievo, alimentaba con su caudal a las industrias curtidoras asentadas en la zona de la Tenería. Al aproximarse al antiguo arrabal —el escenario de mis correrías infantiles—, el Cubo unía sus fuerzas con el arroyo del Boquerón y con aquel otro curso que los vecinos bautizamos popularmente como el «Vedao» (aunque en los mapas oficiales figure como el arroyo Viñuela o Vihuela). Cuando el cielo se rompía y las lluvias arreciaban con furia torrencial, la unión de estos tres cauces provocaba auténticas avenidas de agua. Eran riadas salvajes que lo inundaban todo, arrasando huertas y desdibujando los caminos vecinales a su paso. Era la naturaleza en estado puro, indomable y brava. Frente a esa fuerza, la respuesta moderna no fue la integración ni el respeto, sino la brocha gorda del progreso mal entendido. A las autoridades les dio por alterar la fisionomía del terreno, modificar los cauces históricos y sepultarlos bajo toneladas de hormigón a diestro y siniestro. Se priorizó el asfalto frente a la memoria de la tierra. ¿El resultado? Una agresión medioambiental y paisajística que hoy salta a la vista. Esos arroyos que antes daban vida y condicionaban el urbanismo medieval de nuestra Villa, hoy son cicatrices secas y grises. Salvo cuando una tormenta extrema reclama con violencia lo que es suyo, la mayor parte del año no arrastran ni una sola gota de agua. Hemos encarcelado nuestros ríos, secado nuestro entorno y, con ello, perpetuado esa misma lacra de olvido que José Martínez Ruiz denunció con tanta amargura.
El precio del hormigón y la desidia: una llamada a la conciencia
Esta es la Illescas que no sale en los folletos oficiales ni en los discursos rimbombantes de las campañas electorales. Conectar la mirada crítica del joven José Martínez Ruiz con la desaparición de nuestros arroyos y el soterramiento del Puente Matajudíos no es un mero ejercicio de nostalgia. Es una denuncia en toda regla contra una forma de hacer política que prefiere el cemento rápido a la conservación de nuestra identidad. Ojalá estas líneas llegaran a los ojos de más de un político cantamañanas de los que abundan hoy en día; de esos que solo conocen el pueblo a golpe de decretos, leyes de despacho y fotos oficiales. Ojalá lo leyesen y sintiesen, aunque solo fuera por un instante, una profunda vergüenza por sus gestiones. Vergüenza por haber permitido que el patrimonio de todos se entierre como si fuera basura. Vergüenza por despachar con una capa de hormigón a diestro y siniestro unos cauces medievales que llevaban siglos dando vida a nuestro entorno. Mientras ellos sigan gestionando de espaldas a la historia y al sentido común, los vecinos de Illescas seguiremos pagando el precio de su ignorancia: un pueblo más gris, más seco y cada vez más despojado de sus raíces. No permitamos que el hormigón tape también nuestra memoria.



.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)

