miércoles, 16 de septiembre de 2026

Bajo el asfalto de la Sagra; Memoria y eritismo en Illescas. ( Parte II)

Lo prometido es deuda, amigos. En el artículo anterior nos despedimos con el ruido de los camiones y furgonetas de fondo, viendo cómo el asfalto avanza implacable sobre nuestros campos. Hoy quiero contaros un poco más de la fascinante historia de nuestra Villa, pero a mi ritmo y manera. Nunca seré como esos sesudos catedráticos de historia que te sueltan los datos fríos y se encasillan en ellos, sin mirar, sin pensar o sin imaginar lo que pudo o no pudo ser. Mi querido amigo Jesús Benito Etayo me dice que le gusta cómo escribo, que él es un sosainas, y no es cierto; él tiene lo que yo nunca tendré: la vista puesta en esos datos que a cuentagotas nos llegan de historias pasadas. Con esas gotas ha escrito un libro didáctico estupendo titulado "Illescas, encrucijada de caminos". Y es cierto, estamos en una gran encrucijada donde, durante siglos (muchos, desde hace 6000 años, que se dice pronto), los habitantes de esta tierra han construido y destruido, tapado y destapado, descubierto y también encubierto esa historia que, en forma de migas, ha llegado hasta este siglo XXI.

 

                               

Antes de seguir con las ermitas y conventos desaparecidos, es necesario haceros una aclaración histórica importante sobre el mapa religioso de nuestra villa. Algunos textos de referencia —como "La Sagra toledana" de Fernando Jiménez de Gregorio— sitúan erróneamente en Illescas la fundación de un convento carmelita de San José y San Ildefonso en 1595. Sin embargo, al contrastar fuentes directas como las "Relaciones de Felipe II" o el "Catastro de Ensenada", se comprueba que dicha fundación nunca existió en nuestro municipio. Se trata de un curioso error de archivo que arrastró el autor: el célebre monasterio se asentó, en realidad, en el corazón de una hermosa villa monumental conocida popularmente como «Toledillo de La Mancha» y si no os suena de nada es la de todos conocida Villa de Yepes. Así que, por ese lado, podemos dejar de buscar en nuestro término; allí tienen la gran suerte de conservarlo intacto.

Convento de S. José y S. Ildefonso Yepes-Toledo

Despejado el entuerto de los carmelitas, toca hablar de ellos: de los frailes franciscanos descalzos, una comunidad masculina que habitó en nuestro término y que hoy pertenece a la categoría de patrimonio completamente perdido. A diferencia de las concepcionistas franciscanas —fundadas entre 1514 y 1515 cerca de una de las vegas de la localidad, estos monjes, llamados también "alcantarinos" por su fundador San Pedro de Alcántara, buscaron en el siglo XVII el aislamiento, la pobreza radical y el silencio en nuestra villa.Fieles a esa austeridad, construyeron el convento en extramuros. Aunque el Catastro de Ensenada de 1752 censó la presencia de 30 religiosos, nada escrito nos ha llegado sobre el valor barroco de sus retablos... Os preguntaréis por qué; pues lo de siempre: el trágico destino que la historia deparó a esta Villa. "La barbarie de unas guerras que nos roban el pasado y el presente es una lacra arrastrada por la humanidad desde que salimos del barro o bajamos de la liana.

Cómo no tenemos imágenes de nuestras perdidas ermitas, este grabado francés que reza " un relai a Illescas entre Toléde et Madrid "- Una parada en Illescas entre Toledo y Madrid.                                                                                      
"Recuerdo una fotografía de hace unos 34 años en Sarajevo: el fotógrafo Gervasio Sánchez retrató la devastación de la Biblioteca Nacional tras el brutal bombardeo e incendio provocado por las fuerzas serbobosnias. En aquella biblioteca se quemaron más de dos millones de libros y manuscritos únicos, testigos de la historia de convivencia entre musulmanes, católicos, ortodoxos y judíos en los Balcanes. Quisieron borrar la memoria de un pueblo, exactamente igual que siglos antes hicieron los franceses en España y, más tarde, los propios españoles: conventos expoliados de sus reliquias más sagradas y archivos reducidos a cenizas; un legado que para los invasores no era más que madera y papel."
La cultura de un pueblo reducida a cenizas...

Fue precisamente aquella invasión francesa la que obligó a nuestras comunidades religiosas a tomar decisiones desesperadas para sobrevivir. Las monjas se vieron forzadas a suspender su voto de clausura ante la inminente llegada de las tropas, huyendo a toda prisa para evitar ser apaleadas y violentadas. Mientras tanto, el convento de los franciscanos descalzos sufrió el peor de los castigos: las fuerzas imperiales lo vandalizaron y lo destruyeron por completo, reduciéndolo a escombros. Aquella brutalidad dejó el edificio en una ruina tan absoluta que los monjes jamás regresaron, borrando así su presencia y su huella en nuestra Villa.

El Cristo de la Guía: el faro espiritual de los caminos reales

Desviando la mirada de los conventos destruidos por la guerra, hay otra gran miga de nuestro patrimonio desaparecido que merece ser rescatada del olvido: la antigua ermita del Cristo de la Guía. Para entender su importancia, debemos despojarnos de la mentalidad moderna. Hoy en día viajamos con GPS y por autopistas asfaltadas, pero en los siglos pasados el transporte se medía al ritmo de las herraduras, las carretas y el barro. Aquel pequeño templo no se levantó en un lugar cualquiera; se edificó de forma estratégica, pegado al polvo de los viejos caminos reales que cruzaban el término de nuestra Villa. Su propio nombre lo dice todo: "de la Guía". Esta ermita servía de humilladero, un punto de referencia crucial en las encrucijadas de las grandes rutas que conectaban Madrid y Toledo. "En las interminables y llanas estepas de La Sagra, su silueta funcionaba como un auténtico faro, una guía no solo espiritual sino vital para que arrieros y viajeros no se perdieran en las noches cerradas o bajo las densas nieblas del invierno." Además, era una parada obligatoria por pura fe y necesidad geográfica: los caminantes se arrodillaban ante su cruz de término para encomendarse al Cristo y pedir protección contra los bandoleros antes de adentrarse en los peligrosos despoblados de la ruta. O, mirándolo al revés, era el primer saludo de bienvenida; divisarla significaba que el viaje largo terminaba y que la hospitalidad de las posadas de Illescas estaba a solo unos pasos. Aunque el progreso terminó por engullir sus cimientos, rescatar su existencia nos recuerda que el mapa de Illescas se dibujó, durante siglos, al paso de los caminantes.

«Si hoy lográramos plantarnos ante las puertas de aquella ermita y las empujáramos, nos saludaría de golpe un ambiente denso y nostálgico: un olor acre, mezclado con la grasa de sebo de los candiles, el rastro marchito de unas flores moribundas y el aroma a cera recién apagada. En la penumbra de ese pequeño espacio, protegido del viento y del polvo de los caminos, nos encontraríamos con una imagen solemne y sobrecogedora, idéntica a la de tantos otros humilladeros españoles. Sería un Cristo crucificado tallado en madera, de anatomía enjuta y doliente, cuya cabeza pende pesadamente sobre el hombro tras expirar. Sus llagas y heridas, pintadas con el crudo realismo propio del barroco, conmoverían al arriero que cruzaba el umbral. Allí, en la penumbra de su hornacina, aquel Cristo de mirada exhausta parecería compartir el mismo cansancio de los viajeros que se postraban a sus pies para pedirle una buena guía en la ruta».

San Isidro: el eco vivo de nuestros campos

«Siguiendo con este recorrido por la geografía de nuestra memoria, hay otro hito que los siglos y el desarrollo urbano han difuminado. En las páginas del historiador Fernando Jiménez de Gregorio aparece nombrada, casi de pasada, otra pieza perdida de nuestro mapa religioso: la ermita de San Isidro. No tenemos legajos que ubiquen con precisión sus viejos muros, pero su simple advocación nos habla directamente de lo que fuimos: una Villa que vivía por y para la tierra, donde los agricultores sagreños buscaban amparo para sus cosechas bajo el sol implacable de la llanura. Pero en Illescas el asfalto no ha logrado ahogar nuestras raíces. Aunque el templo ya no exista, la tradición se resiste a morir y, cada quince de mayo, bien temprano, los "isidriles" despiertan al pueblo a golpe de cohete, anunciando una fiesta que aún conserva su fe y su procesión. El verdadero protagonista de ese día es una imagen entrañable que denota una honda antigüedad: un santo muy pequeñito, apenas del tamaño de las figuras de un belén de iglesia, que aparece flanqueado por su arado, dos bueyes y el ángel que le hacía el trabajo. Una diminuta joya que ha sobrevivido al tiempo y que nos demuestra que, aunque derriben los ladrillos, la devoción de un pueblo es mucho más difícil de borrar del mapa».

Continuará...


sábado, 5 de septiembre de 2026

Bajo el asfalto de La Sagra: memoria y eremitismo en Illescas (Parte I)

La Sagra, los rastrojos dorados y el verde plata de sus olivos; un horizonte que se dibujaba muchos años atrás y que hoy vemos, impasibles e impotentes, cómo una transformación acelerada va cambiando nuestro entorno. Sin embargo, bajo el asfalto y el hormigón, late una geografía sagrada que amenaza con borrarse de la memoria. Hubo un tiempo en que este territorio llano estaba vertebrado por la piedad popular y el eremitismo; modestos muros de fe y pequeñas ermitas rurales servían de amparo para nuestros antepasados y, por qué no decirlo, también de guía en los días oscuros o en las noches sin luna, porque nunca faltaban las candelas de aceite o las velas que encendía alguna mano generosa.


Algunos investigadores apuntan al Cerrón como sitio donde se ubicaba la Villa Dubiense, tras algunas actuaciones arqueológicas, no se han encontrado vestigios de que allí hubiese estado un Monasterio.


Reconstruir el pasado de estas capillas hoy desaparecidas no es solo un ejercicio de nostalgia: es un acto de justicia histórica para rescatar del olvido los puntos clave del fervor popular, mucho antes de que las logísticas nos invadiesen.

El Monasterio Dubiense y el enigma de San Ildefonso.

El primer gran misterio de este eremitismo nos hace retroceder catorce siglos, mucho antes de que las lindes de nuestros campos se midieran con planos industriales. Las crónicas antiguas sitúan en el año 636 d.C. la fundación, por parte de San Ildefonso, de un monasterio y una humilde ermita hospitalaria en un paraje denominado "Dubiense". Aquel asentamiento, nacido en pleno esplendor visigodo, se concibió como un lugar de retiro en mitad de la llanura. Sin embargo, las raíces de este suelo sagrado son aún más profundas. Hoy en día, los nuevos historiadores descartan las viejas teorías que hablaban de Ilarcuris; en su lugar, emerge con fuerza el nombre de Egelesta, una mítica urbe carpetana de musicalidad divina que latía bajo estas mismas tierras de secano. 

Fue en ese entorno, mientras los ecos lejanos de Egelesta aún resonaban en la memoria de la estepa, donde se levantó el Monasterio Dubiense. El topónimo, que comparte raíz con la palabra latina dubium (duda), evocaba los terrenos de límites inciertos y las tierras fronterizas de una Sagra indómita. 

Qué bella paradoja de nuestra historia local, que precisamente allí, en el paraje bautizado con el nombre de la duda y sobre las cenizas carpetanas, fuera donde nuestros antepasados levantasen los primeros muros firmes de su fe. Con el paso de los siglos, las plagas, las guerras y las mutaciones en los lindes agrarios, las piedras de aquel templo primitivo terminaron sepultadas, o bien sus materiales sirvieron para levantar otros edificios en la Villa de Illescas. Quizás algún día logremos conocer el sitio exacto; por ahora, nos quedamos con el misterio.

La Iglesia del Salvador del Mundo

Los libros de historia convencional despachan nuestra memoria con una frialdad que asusta. Nos dicen, de forma casi quirúrgica, que en el siglo XII ya se documentaba la existencia de la capilla del Salvador. Y ya está. A partir de ahí, todo queda en el aire. Para un investigador que solo pretende acumular legajos verídicos, el dato cumple su cometido; pero la verdadera crónica de un pueblo hay que contarla de otra manera: hay que imaginar cómo fue, aunque solo sea para rendir culto a aquellos que nos precedieron. Tomar notas de un vetusto pergamino es un auténtico privilegio, pero, amigos, imaginar por un momento esos apuntes vivos, esas piedras, esas imágenes, las personas que con su esfuerzo y valor levantaron y defendieron aquello que amaban... eso no se encuentra en las fechas o en los nombres de artistas de renombre mundial, sino en la memoria de quienes pisamos esta tierra.

Con los siglos, aquella capilla primitiva se transformó en iglesia, integrándose en el día a día de nuestros antepasados. Su final llegó a finales del siglo XIX, cuando una orden municipal sentenció su derribo a causa de su mal estado. Desaparecieron sus piedras, pero no su recuerdo. Lo que ocurrió en la actual Plaza del Salvador en los años 70 fue de lo más peculiar y emocionante. Durante las obras para instalar la acometida del agua en las casas, cuando las palas abrieron la tierra, nadie esperaba el impresionante hallazgo que estaban a punto de destapar: el antiguo cementerio parroquial. Un descubrimiento que causó un gran revuelo en el pueblo, pero que en realidad no era ningún secreto, sino el fruto del olvido y de la dejadez de no haberse leído ni un solo documento de nuestro Archivo Municipal; un tesoro documental que, afortunadamente, sí se salvó de la quema de 1936. Supongo que si la fecha del derribo está en esos legajos, el tema del camposanto estaría también, aunque tal vez el destino tuviera otros planes. Pero volvamos a la desaparecida iglesia.

Yo apenas tenía ocho años cuando presencié aquello. Ver cómo el subsuelo de la plaza revelaba los restos de los illescanos de hace siglos fue la primera vez que sentí, con una certeza absoluta, que lo que había debajo de nuestros pies tenía un cuento que contar. Aquellos muros desaparecidos del Salvador no eran solo piedra; eran los custodios de una fe y de unos vecinos que hoy descansan bajo el asfalto que pisamos a diario.

De aquella demolición de finales del siglo XIX solo se logró rescatar su antigua talla devocional, la cual fue trasladada para su protección a la Iglesia de Santa María. Pero el destino fue cruel con el patrimonio de nuestro pueblo. La imagen se había salvado de la piqueta de la centuria pasada, pero en 1936, con el estallido de la Guerra Civil, terminó ardiendo en una pira junto a decenas de tallas, cuadros, retablos y libros capitulares. La sinrazón redujo a cenizas siglos del pasado sagrado de Illescas. De todo aquello aún perdura la Plaza del Salvador, la Calle del Salvador y la Cuesta del Salvador; nombres tan antiguos como la pequeña y primitiva ermita.

El único vestigio que nos queda de la Parroquia del Salvador, es el Cristo del Salvador del Mundo, gracias a Don Alberto Aguilar, quien la fotografió en 1920, antes de ser devorada por las llamas, en 1936.

El humilde origen del Santuario de la Caridad

El caso de Nuestra Señora de la Caridad es, quizás, el ejemplo más bello de cómo el eremitismo rústico y sencillo dio paso, a lo largo de los siglos, a la monumentalidad del Santuario que hoy todos conocemos.

No hay historiador que se ponga de acuerdo en el tiempo que lleva la imagen de la Virgen custodiando nuestra Villa: unos dicen que mil años, otros que más, otros que menos... Es un enigma tan complejo como saber dónde estaba ubicado el Monasterio Dubiense, envuelto en la hipótesis de que fuera el propio San Ildefonso quien la trajera consigo.

Como yo siempre me imagino cosas, ato cabos y relleno huecos (soy muy fantasiosa), en este caso mi teoría se basa en la profunda devoción de San Ildefonso por la Virgen María. En Toledo está la célebre leyenda de que la misma Virgen le obsequió con una casulla (que, por cierto, está en Oviedo; cosas de la historia que yo no me explico). Pero la sorpresa llega cuando lees a otros autores y dicen exactamente lo mismo de la Caridad. Es decir, que una de dos: o a nuestro querido Santo le visitaron las dos imágenes marianas con una casulla cada una, o suponemos que San Ildefonso tenía dos tallas de la Virgen María —el apellido el que quieras: del Sagrario, del Valle, del Carmen, etc.—, de modo que una se quedó en Toledo, que es la Virgen del Sagrario, y otra se la trajo a Illescas, que es la Virgen de la Caridad. Y no porque en su origen la bautizaran con ese sobrenombre, sino que terminó llamándose así por estar en una pequeña capilla al lado de un Hospital de Caridad.

Sea como fuere su aparición en Illescas, sabemos que la ermita donde estaba en lo que hoy es el Santuario fue su segundo hogar en estas tierras, junto a un Hospital de Caridad y otro hospitalillo unas casas más arriba.

Tenéis que pensar que los Hospitales de Caridad eran más de ayuda a los pobres: comida, ropa, curar heridas o algunas enfermedades. Porque hoy nos quejamos de la Seguridad Social, pero plántate en el medievo con una apendicitis; te mueres de un "Cólico Miserere" en lo que dices amén.

El Caso es que la antigua Capilla desapareció con la construcción del Santuario pero ya habían pasado suficientes años para que la Fe de illescanos y viajeros se hubiese consolidado lo suficiente para ponerle semejante templo.

Su momento cumbre llegó en 1603, cuando la villa confió su decoración a un genio que desbordaba los límites de la pintura: Doménikos Theotokópoulos, El Greco.

Para la Caridad, el cretense no diseñó un simple conjunto de cuadros, sino una obra de arte total, donde la arquitectura, los lienzos y la escultura debían fundirse en un diálogo sagrado. Muchos visitantes contemplan hoy los cinco universales lienzos del presbiterio ignorando que las manos del Greco también tallaron la madera. Para coronar y flanquear su retablo, esculpió las figuras de las virtudes teologales —la Fe, y la Esperanza— junto a los profetas Isaías y Simeón. El Greco, hilando de forma magistral con nuestro pasado, dejó plasmado al propio San Ildefonso sentado a su mesa, escribiendo bajo la milagrosa inspiración de la pequeña Virgen illescana.

El viaje por nuestra geografía sagrada no termina aquí. Hoy hemos desenterrado del olvido los primeros tres pilares de nuestra Fe local: el enigma visigodo de la Villa Dubiense, el cementerio rescatado bajo las zanjas del Salvador y el humilde origen rústico de la Caridad. Tres espacios devorados por los siglos, la piqueta o la sinrazón del fuego, pero cuyos ecos se resisten a apagarse. Mientras las naves de logística siguen avanzando implacables sobre los antiguos caminos de olivos de Illescas, recordar dónde se encendían aquellas viejas candelas de aceite es nuestro único escudo contra el olvido. Porque un pueblo que no sabe lo que pisa está condenado a perder su identidad. En el próximo artículo seguiremos abriendo los vetustos pergaminos imaginarios de nuestra libreta para rescatar las ermitas y despoblados medievales que aún duermen bajo el hormigón de la modernidad. La historia de Illescas sigue viva bajo nuestros pies, esperando simplemente que alguien se atreva a contarla.


jueves, 20 de agosto de 2026

Mucho más que un colegio: ¿Quién fue Martín Chico?

 

Como decía mi admirada Gloria Fuertes, «nací a muy temprana edad» en Illescas. Salvo por algunos años en los que tuve que salir por temas de salud y trabajo , he vivido aquí toda mi vida, al igual que mi padre y toda mi familia paterna.

 Llevo a Illescas en la sangre y en el corazón; me casé con un illescano y, al igual que en mi caso, su familia paterna se remonta en este lugar a siglos atrás.

 Mis primeros años escolares los pasé con las monjas de clausura en el convento de las Concepcionistas. Allí no aprendí a leer ni a escribir, porque a los cuatro años ya había aprendido yo sola en casa con la ayuda de mi madre. Sor Inmaculada siempre me decía que, quitando cuatro cuentas, ya solo podía enseñarme a bordar. Aquello me impactó tanto que no quería ver las agujas ni los hilos ni en pintura, por lo que rogué que me cambiaran de colegio. Sin embargo, como era pequeña, aún no sabía aquello de «ten cuidado con lo que pides, no sea que se cumpla". Cambié de escuela después de un periplo por otras aulas de Guadalajara, ya que mi padre cayó muy enfermo y estuvo en el hospital casi un año. Allí, junto a mi abuela, mi abuelo y mi tío Isaac, descubrí que no todos los niños leían y escribían como yo, ni se sabían las oraciones o los cánticos; y aquellas cuatro cuentas mías ya las había superado también. Y descubrí que aprender a bordar tampoco era tan mala idea.

 El caso es que unas cosas llevaron a otras y, cuando aquel año pasó, regresé a Illescas y a mi nuevo colegio: Martín Chico. Mi primer día fue estupendo. Preparé con esmero mi vieja cartera marrón, me puse el babi de cuadritos verdes que llevábamos todas las niñas, repasé mi trenza, el pañuelito limpio, las medias bien subidas, ¡y a correr! Desde el arrabal hasta el Martín Chico, sin madre en coche ni padre de la mano; yo sola, atravesando todo el pueblo al igual que todos los niños. Así comencé mis estudios en este colegio del que, durante mucho tiempo, nunca supe por qué llevaba ese nombre ni quién era aquel señor. Han tenido que pasar bastantes años, he tenido que llevar a mis propias hijas a Martín Chico (los nuevos edificios que se construyeron con el mismo nombre) y he tenido que tener nietos para comenzar a buscar e indagar quién fue aquel hombre, qué hizo y por qué bautizaron las escuelas en su honor.

Martín Chico Suárez

Martín Chico Suárez, que es su nombre completo, nació en Cehegín (Murcia) en 1864 —curiosamente, yo nací justo cien años después—. Fue un reconocido filántropo, maestro, pedagogo, escritor y protector de la naturaleza por tierras segovianas, toledanas, sorianas y madrileñas, lugares donde desarrolló toda su carrera. Fue un gran educador, precursor de las teorías pedagógicas modernas de la época. Su libro más celebrado es Mi amigo el árbol (no confundir con la obra homónima de Mónica Krumbach). Aunque no fue el único volumen que escribió, sí se convirtió en el más famoso. Es un libro precioso que desborda amor por la naturaleza y, en especial, por los árboles. 

Mi Amigo el Árbol, descatalogado, lo estoy buscando como loca.

Hoy en día, aunque nos parezca mentira, se ha convertido en una obra referencial y de culto entre naturalistas y ecologistas. Cómo he mencionado antes, Martín Chico Suárez nació en Cehegín, un pueblo del noroeste murciano jalonado de grandes fincas de secano y regadío, así como de regias casonas palaciegas donde los condes, duques y marqueses llegados de la capital del reino aplacaban el calor sofocante de los meses de verano. Por sus venas fluía también la sangre asturiana de sus abuelos maternos, los Suárez Menéndez, quienes llegaron desde Gijón en busca de un futuro diferente para ellos y sus hijos, como tantos otros padres a lo largo de la historia. Fue precisamente su padre quien le transmitió el afán por el saber. El propio Martín cuenta en su libro cómo su progenitor, huérfano de padre, se las ingeniaba a espaldas de su severo padrastro para aprender a leer y escribir. 

Gran maestro y pedagogo

Lo hacía de la mano de un labrador vecino que le prometió enseñarle las letras a cambio de realizar algunas labores, como surcar la tierra con una azada, abriendo paso para que el agua de las acequias discurriese a través de los cultivos. Al atardecer, tomando por cómplice a un olivo centenario que le servía de escabel, escapaba de su casa saltando la tapia con el afán de sentirse algún día importante a través del saber. Luego, cansado, volvía al amanecer y, trepando por el lomo de su amigo silencioso, accedía a su cuarto para descansar apenas una hora antes de volver a las labores hortenses en la finca vecina, gobernada por un rico hacendado.

 Placa conmemorativa, en la ciudad de Segovia 

Acabó el joven Martín con gran éxito sus estudios de maestro, y fue precisamente en nuestro pueblo, Illescas, donde empezó a impartir su magisterio con gran brillantez y entusiasmo. Estuvo poco tiempo, ya que con las seiscientas veinticinco pesetas que ganaba al año (sí, al año, menos de dos euros de hoy), no vislumbraba un futuro muy prometedor para su recién formada familia; pero dejó aquí su impronta para siempre. Los illescanos contaban que le cogieron un gran cariño y vieron el gran caudal de sabiduría que se les iba, aunque nada podían hacer (¡le podían haber subido el sueldo!). La decisión estaba tomada. También decían que daba clases particulares sin cobrar nada; fue un hombre extraordinario.

Tras unas oposiciones excelentes, le destinaron a Segovia, la ciudad del gran acueducto de piedra. Allí su magisterio alcanzó la plenitud, cultivando sus dotes como pedagogo y explorando las técnicas de enseñanza más vanguardistas de la época, basadas en el lema de «aprender haciendo». Los niños le adoraban. A sus buenas formas, su paciencia y su tolerancia, unía uno de sus tesoros más preciados: la filantropía. 

Esta faceta fue la que le llevó, como he mencionado antes, a dar clases particulares sin cobrar nada por ello o a fundar una institución llamada «El niño descalzo». Esta sociedad benéfico-escolar, nacida de su propio empeño y del apoyo de los vecinos, se volcaba con los alumnos más humildes de la provincia que acudían a las aulas sin recursos, proporcionándoles calzado, ropa, comida caliente y atención sanitaria. Aunque la asociación desapareció décadas más tarde tras su marcha, aquella iniciativa fue el precioso antepasado de lo que hoy conocemos como becas de comedor y ayudas escolares; un auténtico milagro de justicia social para la época.

Pero su afán por evolucionar en el ámbito profesional no tenía límites. Aprobó unas nuevas oposiciones que le llevaron definitivamente a la capital. Cuentan que en Madrid nunca habían visto cosa igual: los miembros del tribunal se levantaron en pleno para felicitar a Martín por su brillantísima exposición oral. Atrás quedaron siete años maravillosos en la ciudad de Segovia. Allí siempre será recordado, al igual que en Illescas, por un colegio público que constituye un permanente homenaje a la figura del gran maestro, aunque la mayoría de nosotros ignoremos quién fue.

Era considerado por sus colegas un «maestro de maestros», y también por quienes le conocían, además de ser un extraordinario calígrafo, poeta y escritor. Hasta el gran Azorín, en uno de sus ensayos, ensalzó la gran labor y figura de Martín en Segovia. Lo extraño es que no lo hiciera en su etapa de Illescas, porque Azorín era muy dado a parar aquí cuando viajaba a Toledo y escribía sobre nosotros, aunque no siempre gustase lo que escribía (pero eso lo dejo para otro post).

Martín no era un hombre de estridencias. Ya viudo de su querida esposa Josefa Rello y jubilado, marchó a la tierra que le vio nacer; sus hijos tenían su futuro resuelto y no le necesitaban. Ellos también fueron inoculados con el gen del saber, el mismo que un día llevó a su abuelo Pedro Chico a escaparse de incógnito para poder alfabetizarse, o a su padre a estudiar en Madrid cuando el hijo de un jornalero solo podía aspirar a ser jornalero también.

Padecía bronquitis crónica desde hacía décadas y sabía que eso acabaría con su vida. También sufría una hemiplejia que le impedía moverse con desenvoltura. Lo meditó muy bien antes de tomar el tren que le devolvería definitivamente a su origen, a la tierra húmeda, a la rica huerta, a los aromáticos frutales y a su amigo y cómplice: el viejo olivo. Aquel árbol de tronco retorcido y hojas de verde grisáceo que, tantos años atrás, había custodiado los sueños de su padre, lo recibió de vuelta en su amado Cehegín. Allí, rodeado del aroma a tierra mojada y del susurro de las hojas que tanto defendió en sus libros, Martín Chico Suárez cerró los ojos para siempre en 1944. Se fue el maestro, pero nos dejó un legado eterno.

La próxima vez que pasemos por las puertas de nuestro colegio en Illescas, miremos el cartel con otros ojos. Ya no es solo un nombre en la fachada; es el recuerdo vivo de aquel hombre extraordinario que creía que la educación y la naturaleza podían cambiar el mundo, y que un buen día, sembró sus primeras enseñanzas en las mentes de nuestros propios antepasados.

Agradecer a Antonio Peñalver de La Panorámica, su trabajo de investigación en 2016 para poder conocer la historia de esta gran persona.

Y honremos su memoria, tal y como reza en su epitafio: “Martín Chico Suárez. Maestro”.

Descanse en Paz Maestro

Mostrando el temple de un hombre que supo vivir y morir humildemente.

sábado, 8 de agosto de 2026

La traición al Puente Matajudíos y las venas secas de Illescas

 

«La tradición no es el pasado; la tradición es el presente que se conserva vivo en el alma de los pueblos.» Azorín

¿Se puede borrar el pasado con una capa de cemento? Viajamos por la Illescas invisible a través de los ojos del joven Azorín, analizando cómo sus crónicas siguen vigentes frente al soterramiento y el olvido de nuestra memoria colectiva.

José Martínez Ruiz ante el espejo de Illescas: la denuncia del olvido.

Muchos vecinos conocen el nombre de Azorín como el del célebre escritor que retrataba con nostalgia los paisajes castellanos. Lo que ya no tantos recuerdan es que, mucho antes de convertirse en ese literato consagrado, un joven periodista firmaba con su nombre real, José Martínez Ruiz, unas crónicas descarnadas que ponían el dedo en la llaga de nuestros males crónicos. No escribía para regalar el oído a nadie; lo hacía como un reportero pegado al terreno, denunciando la dejadez, el abandono del arte, el descuido de los arroyos y el entorno de una Illescas que parecía suspendida en el tiempo. Para Martínez Ruiz, nuestro pueblo no era solo una parada obligatoria en el camino hacia Toledo; era el vivo reflejo de una lacra que Illescas lleva siglos soportando: el olvido y la desidia de quienes debieron proteger su esplendor. Mientras los viajeros de paso solo veían la belleza rápida de la iglesia o el paisaje plano de los olivares, su mirada periodística captaba la cruda realidad de una villa maltratada por la historia y por el descuido de sus propias instituciones.


El «soterramiento» de nuestra memoria: el Puente Matajudíos

Si José Martínez Ruiz levantara la cabeza, comprobaría con tristeza que sus crónicas de denuncia siguen estando vigentes en el siglo XXI. El periodista de la generación del 98, clamaba contra el descuido de los arroyos y del entorno; una herida abierta en Illescas que hemos visto sangrar de forma literal en las últimas décadas. Un ejemplo flagrante de esta desidia institucional es lo que ocurrió con lo que los vecinos de toda la vida siempre llamamos el «Puente Matajudíos». Aquella hermosa obra de ladrillo y mampostería —un acueducto levantado a finales del siglo XIX para salvar el barranco de la Pocilla— cumplía la misión vital de conducir el agua desde el arroyo del Cubo hasta las entrañas del pueblo. Era un símbolo de nuestra ingeniería popular,  la de un  Illescas que luchaba por progresar. Sin embargo, en el año 2004, las autoridades decidieron que la mejor forma de «conservarlo» era enterrarlo. Lo soterraron o, como bien sospechamos muchos vecinos de mi generación, lo derribaron y lo ocultaron bajo una capa de tierra y olvido para que no estorbase a la expansión urbana. Incluso le cambiaron oficialmente el nombre a «Acueducto del Perdón» antes de hacerlo desaparecer, como si quisieran borrar también la crudeza de su propia toponimia. Enterrar el Puente Matajudíos fue, en realidad, enterrar un pedazo de nuestra identidad. Al igual que el arroyo del Cubo ha vivido históricamente invisibilizado y dándole la espalda al casco urbano, nuestro patrimonio civil corre la misma suerte: si molesta, se tapa; si se deteriora, se mira hacia otro lado. Es exactamente la misma lacra que Martínez Ruiz retrató con su firma real: una preocupante falta de sensibilidad histórica que prefiere ocultar los restos de nuestro pasado antes que restaurarlos con orgullo para disfrute de la comunidad.


El agua encarcelada: cuando Illescas borró sus cauces vivos.

El arroyo del Cubo no era un hilillo de agua cualquiera; era una de las arterias más caudalosas y vivas de Illescas. Su fuerza histórica era tal que, ya en pleno Medievo, alimentaba con su caudal a las industrias curtidoras asentadas en la zona de la Tenería. Al aproximarse al antiguo arrabal —el escenario de mis correrías infantiles—, el Cubo unía sus fuerzas con el arroyo del Boquerón y con aquel otro curso que los vecinos bautizamos popularmente como el «Vedao» (aunque en los mapas oficiales figure como el arroyo Viñuela o Vihuela). Cuando el cielo se rompía y las lluvias arreciaban con furia torrencial, la unión de estos tres cauces provocaba auténticas avenidas de agua. Eran riadas salvajes que lo inundaban todo, arrasando huertas y desdibujando los caminos vecinales a su paso. Era la naturaleza en estado puro, indomable y brava. Frente a esa fuerza, la respuesta moderna no fue la integración ni el respeto, sino la brocha gorda del progreso mal entendido. A las autoridades les dio por alterar la fisionomía del terreno, modificar los cauces históricos y sepultarlos bajo toneladas de hormigón a diestro y siniestro. Se priorizó el asfalto frente a la memoria de la tierra. ¿El resultado? Una agresión medioambiental y paisajística que hoy salta a la vista. Esos arroyos que antes daban vida y condicionaban el urbanismo medieval de nuestra Villa, hoy son cicatrices secas y grises. Salvo cuando una tormenta extrema reclama con violencia lo que es suyo, la mayor parte del año no arrastran ni una sola gota de agua. Hemos encarcelado nuestros ríos, secado nuestro entorno y, con ello, perpetuado esa misma lacra de olvido que José Martínez Ruiz denunció con tanta amargura.



El precio del hormigón y la desidia: una llamada a la conciencia

Esta es la Illescas que no sale en los folletos oficiales ni en los discursos rimbombantes de las campañas electorales. Conectar la mirada crítica del joven José Martínez Ruiz con la desaparición de nuestros arroyos y el soterramiento del Puente Matajudíos no es un mero ejercicio de nostalgia. Es una denuncia en toda regla contra una forma de hacer política que prefiere el cemento rápido a la conservación de nuestra identidad. Ojalá estas líneas llegaran a los ojos de más de un político cantamañanas de los que abundan hoy en día; de esos que solo conocen el pueblo a golpe de decretos, leyes de despacho y fotos oficiales. Ojalá lo leyesen y sintiesen, aunque solo fuera por un instante, una profunda vergüenza por sus gestiones. Vergüenza por haber permitido que el patrimonio de todos se entierre como si fuera basura. Vergüenza por despachar con una capa de hormigón a diestro y siniestro unos cauces medievales que llevaban siglos dando vida a nuestro entorno. Mientras ellos sigan gestionando de espaldas a la historia y al sentido común, los vecinos de Illescas seguiremos pagando el precio de su ignorancia: un pueblo más gris, más seco y cada vez más despojado de sus raíces. No permitamos que el hormigón tape también nuestra memoria.


viernes, 24 de julio de 2026

El Puente Medieval de la Tenería: las piedras que el tiempo no pudo borrar

Hola. Aquí estoy de nuevo. 

Gracias a todos los que os acercáis a este espacio; vuestro apoyo me da ánimos para seguir escribiendo e investigando. Aunque, a decir verdad, indagar sobre la historia en general, y la de Illescas en particular, a menudo se convierte en un ejercicio de frustración, salpicado de dosis de cabreo y mal humor.

Entre archivos perdidos en los avatares del tiempo y el manto de olvido y dejadez que arrastramos desde hace siglos, rescatar nuestro pasado requiere paciencia. Exige leer, comparar datos y pasar muchas horas frente a los documentos para, a lo mejor, tan solo descubrir el antiguo nombre de una calle o de un paraje. Es un esfuerzo que la mayoría de las veces pasa tan inadvertido como las propias historias que intento rescatar. Pero, al igual que las ajadas piedras de nuestro entorno, aún me quedan ganas de permanecer aquí: en pie (o más bien sentada) y, al igual que ellas, me niego a desaparecer.

Hoy me pongo las botas y agarro mi bastón porque quiero que me acompañéis. Os invito a un paseo por un paraje de nuestra Villa que debería ser un remanso de frescura, naturaleza y respeto por nuestro patrimonio. Lamentablemente, este rincón medieval hoy está en ruinas, abandonado entre la basura y pasando desapercibido para muchos...Cruzar el Puente Medieval de la Tenería es dar un salto al pasado con los ojos cerrados, dejándose guiar por el eco de una historia que las instituciones parecen haber olvidado. A menudo pensamos que el patrimonio de Illescas se reduce a los lienzos de El Greco, a los milagros o a las crónicas palaciegas que acaecieron en el pasado; pero la verdadera identidad de nuestra Villa se forjó en la tierra, en el barro, en el agua y en el esfuerzo diario de sus habitantes. 

Escondido en la zona oeste, este robusto y resistente arco de piedra sobre el arroyo del Cubo sobrevive no solo a las riadas de los siglos, sino también a una preocupante dejadez histórica que ha borrado gran parte de sus fechas y nombres propios. Sin embargo, las piedras tienen memoria. Hoy aparto el silencio institucional para desenterrar esas pequeñas "migas de historia" que, en su conjunto, componen el alma de este pueblo. Os hablo de un rincón que un día olió a cuero, a esfuerzo gremial, a sudor y a sangre. Un espacio donde labriegos y arrieros conectaban nuestro pueblo con el resto de la Sagra...

El nombre de este paraje no es casual: hace referencia directa a las antiguas tenerías, los talleres donde los artesanos curtían y preparaban las pieles. Desde el siglo XV, este oficio —vital para la economía local— requería obligatoriamente el acceso a una corriente constante de agua para lavar los cueros. Por ello, y debido a los fuertes olores que generaba el proceso, este barrio gremial se asentó en la periferia. En su época de mayor esplendor, entre los siglos XV y XVI, de tres a cinco familias de curtidores operaban aquí simultáneamente. No eran grandes industrias, sino pequeños artesanos que debían convivir y repartirse meticulosamente el uso del agua. 

Para garantizar un paso seguro en este entorno de bullicio industrial y blindar el comercio local, el Concejo de la Villa ordenó construir este puente de piedra de un solo ojo: solido, funcional y desafiante al paso del tiempo. Aunque hoy nos cueste imaginarlo ante la alarmante escasez de agua que sufre el arroyo del Cubo, en aquel entonces se trataba de una infraestructura estratégica. Illescas crecía con fuerza gracias al comercio y al tránsito de viajeros, pero el arroyo cortaba el paso hacia los caminos de la zona oeste de la Sagra. Si bien en verano el caudal descendía exponencialmente, las estaciones de otoño, primavera e invierno traían fuertes crecidas que amenazaban con aislar al pueblo y ponían en peligro la vida de viandantes, labriegos y carros de mercancías. El puente se convirtió, así, en nuestro cordón umbilical con los caminos antiguos que conducían a El Viso de San Juan y Carranque.

Pero el tiempo no perdona y los oficios cambian. Dando un salto cronológico hasta 1752, nos encontramos con el famoso Catastro del Marqués de la Ensenada, el cual nos permite asomarnos por una pequeña rendija al censo de oficios de nuestra Villa. Gracias a este monumental interrogatorio real, sabemos que en aquel año aún se resistía a desaparecer la tradición en el paraje, registrado con una arcaica "h" intercalada como "Theneria". Aquel último taller se hallaba en extramuros _fuera de la desaparecida Puerta de Talavera _ El negocio era propiedad de Don Cristóbal López del Valle, vecino de Illescas, y en él se fabricaba suela y cordobán. Aunque su dueño seguía trabajando a pesar del ya por entonces escaso caudal del arroyo, el taller se encontraba poco surtido; apenas podía producir unos tres mil reales al año. La gran industria de la piel en la Sagra agonizaba, pero Don Cristóbal mantenía vivo el último aliento de una herencia centenaria. Imaginar el día a día en aquellas pozas es evocar una realidad tan cruda como fascinante. 

El proceso comenzaba en los caleros o pelambres, unas piletas donde los artesanos mezclaban el agua con cal viva para ablandar las pieles y poder arrancar el pelo. Tras este baño, venía una de las fases más duras del oficio: el purgado. Para eliminar la cal y flexibilizar el cuero, los curtidores recurrían al uso de orines y excrementos de animales. El amoníaco de estas sustancias, sumado al calor del verano, convertía este paraje en un foco de olores insoportables, justificando por qué debían trabajar lejos de los muros de la población. Una vez limpias y purgadas, el verdadero secreto del curtido ocurría bajo el suelo, dentro de los noques o cajones. Eran pozas rectangulares excavadas en la tierra y construidas, nunca mejor dicho, a cal y canto para asegurar una impermeabilidad perfecta. Allí dentro, las pieles se "asentaban" durante meses sumergidas en un agua teñida por el polvo del zumaque local (o taninos). Curiosamente, en las excavaciones de nuestra Villa suelen aparecer gran cantidad de tinajas de barro medievales. Siempre nos han dicho que servían para guardar el vino o el grano, pero conociendo la fuerza de este oficio, ¿y si muchas de esas piezas de arcilla no eran despensas, sino los noques ocultos de nuestros curtidores? La arqueología de la provincia ya ha demostrado en otros yacimientos que las tinajas enterradas eran el motor silencioso de las tenerías castellanas. 




Hace poco, los cimientos de una nueva vivienda en Illescas dejaron al descubierto lo que para muchos —incluso para ojos expertos— "no era nada": una estructura blanca de tres metros y muros olvidados de adobe y ladrillo. Para mí, tras examinar las fotos y unir las piezas del mapa histórico, no hay duda. Allí, en una zona hoy engullida por el crecimiento urbano pero que en el pasado eran las afueras desiertas junto al arroyo, emergió el verdadero enclave de nuestra tenería. Esas costras de cal que la tierra devuelve, esos muros modestos de adobe y las piedras del Puente de la Tenería que hoy pisamos entre plásticos y desidia, son los testigos mudos de la Illescas que se forjó con el sudor de sus vecinos. Apartar el silencio institucional no es solo limpiar la basura de un paraje; es rescatar la dignidad de nuestra propia historia antes de que el cemento y el olvido la sepulten para siempre.


miércoles, 17 de junio de 2026

Muros de Clausura , Vidas Olvidadas...

Cuando paseamos por la calle de las Monjas en la actualidad, solo vemos un edificio ajado por los años, abandonado y a punto de derrumbarse: es el Convento de la Purísima Concepción de la Madre de Dios. Hoy es un remanso de paz dentro del patrimonio cultural de la villa, pero si viajamos en el tiempo hasta los primeros años del siglo XVI, descubriremos que su nacimiento estuvo ligado a las más altas esferas del poder eclesiástico y a una mujer hoy olvidada: Sor Inés de la Concepción.

 Ella es la demostración de que, indiscutiblemente, la gran Historia de España pasó por Illescas.


Catálogo de Santas Vivas
Catálogo de Santas Vivas

Para entender cómo Inés llegó a nuestra villa, hay que mirar su árbol genealógico, pues era prima hermana del Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, uno de los hombres más poderosos de la época, regente de España y confesor de la reina Isabel la Católica. Así, cuando Cisneros decidió fundar un nuevo e importante convento franciscano en Illescas, supo exactamente a quién recurrir para liderar el proyecto. Necesitaba a alguien de máxima confianza, con experiencia y con una espiritualidad intachable. Inés era la candidata perfecta.

Antes de llegar a Illescas, Inés profesó como religiosa en el Convento de Santa María de la Cruz, en Cubas de la Sagra, forjando su vocación bajo la tutela y el ejemplo de Sor Juana de la Cruz _ Santa Juana_, compartiendo fatigas y desvelos en una de las épocas de mayor esplendor espiritual del centro. Esta convivencia fue un pilar fundamental para Sor Inés; Sor Juana gobernaba con mano firme el Convento de Cubas como Abadesa, mientras Inés profesaba como monja y discípula, formándose directamente bajo el amparo, la estricta disciplina de clausura y la influencia mística de Juana. De ella aprendió el modelo de liderazgo conventual que más tarde exportaría a Illescas, con su primo el Cardenal Cisneros como nexo de unión.

Catálogo de Santas Vivas

Juana en aquel tiempo gozaba de una fama colosal en Castilla. Tenía el don de la predicación _un hecho insólito para una mujer de la época, y más insólito aún que los hombres la escuchasen_, y figuras de la talla del Emperador Carlos V y el propio Cardenal Cisneros viajaban a Cubas exclusivamente para escuchar sus sermones y pedirle consejo político y espiritual.

Como he dicho antes, Inés dejó Cubas de la Sagra en 1514 para establecer una comunidad de franciscanas en Illescas merced a una bula papal de León X _cuyo nombre secular era Giovanni di Lorenzo de' Medici, miembro de la poderosa familia Médici_. No viajó sola: le acompañaba un grupo de monjas profesas procedentes de su mismo monasterio. La dotación económica aportada por Cisneros permitía el sostenimiento de treinta religiosas, pero, lógicamente, en alguna parte debía habitar ese grupo de mujeres al llegar a la villa.

Aquí es donde entra otra mujer olvidada de la historia de Illescas: Elvira López, una noble dama que proveyó el suelo para la fundación, cediendo las propiedades, solares y casas principales que poseía en el entramado urbano para tal menester. Sobre las viviendas y corrales cedidos por Elvira, Inés y sus monjas proyectaron la distribución del nuevo convento. Al tratarse de construcciones civiles preexistentes, las religiosas tuvieron que habitar y adaptar a contrarreloj el espacio, creando los muros de clausura, las celdas comunes y habilitando una de las salas como capilla provisional. Dentro del grupo de monjas que acompañaron a Inés se encontraban:

_ Sor Lucía de los Ángeles, nombrada Vicaria y su mano derecha directa en la jerarquía, encargada de sustituir a la abadesa y coordinar el día a día comunitario.

_ Sor Eufrasia de Santa Clara, como Maestra de Novicias encargada de la formación de las futuras vocaciones.

_ Sor María de Jesús, al frente de la liturgia y el coro.

 _ Sor Isabel de la Cruz, encargada de la administración e intendencia.

 De las demás, hasta treinta no he podido recuperar los nombres, los cuales supongo que descansarán en los archivos del Obispado.

Lamentablemente, Inés falleció joven, en 1515, y su cuerpo descansa en el coro de la capilla. Algunas fuentes apuntan que su cuerpo se mantuvo incorrupto y que de él emanaba un olor de espiritualidad parecido al de las flores, pero no existen registros históricos, documentos ni crónicas que afirmen este hecho. Este malentendido tiene su origen en dos motivos principales dentro del ámbito de la historia religiosa. Por un lado, la confusión con otras figuras de la orden, como la célebre María de Jesús de Ágreda (Soria); al compartir orden y renombre histórico, a veces se mezclan sus biografías. 

Convento de las Concepcionistas

Por otro lado, el fenómeno de las "Santas Vivas", grupo en el que Inés está catalogada históricamente entre los siglos XV y XVI. Este término no se refería al estado de su cuerpo tras morir, sino a una corriente mística de la época: eran mujeres con una intensa fama de santidad, austeridad y liderazgo espiritual en vida, muy respetadas por la sociedad y las autoridades eclesiásticas. La temprana muerte de la joven abadesa no hizo sino aumentar el mito.

En la actualidad, el edificio principal se mantiene en pie tal y como fue concebido, pero acusando el paso de los siglos.

 Su planta irregular de dos alturas, en cuya parte posterior destaca un extenso patio con huerta donde crece el Nogal de Sor Ángeles, protegido localmente y visible desde la calle Pocilla. La fachada luce el característico aparejo toledano, donde se alternan paños de mampostería entre verdugadas de ladrillo. En este lienzo exterior podía contemplarse el escudo heráldico esculpido en piedra del Cardenal Cisneros, testimonio directo de su patronazgo histórico. El Cual retirado después de la Guerra Civil, descansa en el interior del Claustro. Justo sobre la puerta de entrada, una sobria hornacina cobija la imagen en piedra de la Inmaculada Concepción, titular de la orden. Corona el edificio una cubierta de teja árabe dispuesta a diferentes aguas, rematada por aleros con ménsulas de madera.

Convento de las Concepcionistas 

En 1984 aún existía un colegio anexo al convento en la misma plaza de las Monjas, llamado de San José. Ante la deficiencia estructural del edificio monástico y los graves problemas de habitabilidad en esas estancias, se tomó una decisión dolorosa pero necesaria. Las monjas, que poseían la propiedad legal de este edificio escolar aunque no formara parte del legado original de Elvira López, decidieron clausurar y derribar el colegio para levantar sobre su suelo un complejo residencial moderno, cómodo y adaptado a las necesidades de la clausura. Esto les permitió abandonar las dependencias históricas más ruinosas sin tener que mudarse de la emblemática calle de las Monjas. Es precisamente en el interior de este nuevo complejo donde las religiosas protegieron sus mayores tesoros artísticos, habilitando un pequeño Museo de Arte Sacro que custodia una selecta colección de cuadros antiguos, la protegida Virgen de Belén y el fresco renacentista de la Sagrada Cena, el cual se salvó milagrosamente del derribo al quedar el muro del refectorio intacto y abrazado por la nueva edificación.

Fresco de la Última Cena refectorio Convento de las Concepcionistas 

Conocer la historia no es solo un ejercicio de nostalgia; es la prueba de que este espacio, como tantos otros, nació para servir al pueblo y que su situación actual es una deuda pendiente con nuestra propia identidad. Es paradójico pensar que el convento que aún alberga los restos de su primera Abadesa, que ha sobrevivido a los saqueos de la Guerra de la Independencia y de la Guerra Civil, hoy sufre el peor de los males: el olvido y el deterioro. El patrimonio no es solo piedra; es memoria viva. Ver cómo un complejo arquitectónico de esta magnitud e importancia, con más de 500 años de historia, se degrada a la vista de todos... es una herida abierta en el corazón de Illescas.

Nuestra Señora de Belén, Convento de las Concepcionistas

Sor Inés y sus primeras monjas dedicaron su vida a la comunidad; desde la fe y la asistencia, cientos de mujeres hicieron lo mismo a través de los años. Hoy, siglos después, este espacio se puede reconvertir. Sus muros abandonados pueden transformarse en un Centro Cultural, un espacio de atención ciudadana, talleres para jóvenes o un hogar para asociaciones locales. Las posibilidades son infinitas y no, no es destruir el pasado de este monumento: es honrarlo, devolverlo a la vida y a la utilidad social con la que Cisneros y Sor Inés lo concibieron originalmente en el siglo XVI. Cada vez que los vecinos de Illescas, y sobre todo los que nacimos y crecimos aquí, pasamos por esa calle, añoramos la algarabía de los niños entrando y saliendo de clase, el murmullo y las risas cómplices de las jóvenes que daban vida a la plaza de Las Monjas Hoy, sin embargo, ese bullicio se ha ahogado en un silencio de abandono que pesa demasiado. Elvira López entregó sus casas y su patrimonio secular; Sor Inés de la Concepción desgastó su juventud liderando la fe y la asistencia de la villa. No permitamos que la desidia institucional derribe lo que las guerras y el paso de los siglos respetaron. Illescas no puede permitirse el lujo de dar la espalda a sus raíces. Recuperar este convento no es solo salvar unos muros de ladrillo y piedra, sino saldar una deuda moral con nuestra propia identidad. Es hora de que el Ayuntamiento y los organismos responsables asuman su compromiso con el patrimonio local, abran las puertas de este edificio al porvenir y transformen la nostalgia de lo que fuimos en una certeza de utilidad social para las futuras generaciones. No dejemos que se hunda la memoria de nuestra villa. 


miércoles, 3 de junio de 2026

Aunque se Entierre en las Profundidades. al final todo sale a la luz.

Cuando el progreso destruye nuestra historia

¡Hola! De nuevo me pongo a teclear como me han recomendado médicos y amistades... Gracias a mis compañeros de la UNED por el apoyo recibido, en especial a Jesús Benito Etayo, el cual se ha pasado todo un año alabando mis palabras escritas en este humilde espacio.
Hoy voy a hablar un poco de lo que todo el mundo se enteró en el pueblo hace dos semanas: se trata de la necrópolis monumental más antigua encontrada en la Península Ibérica hasta la fecha. Hablamos de unos 6000 años, lustro arriba, lustro abajo.
Pero como hay que empezar por el principio, esta que escribe es lo que hizo al comenzar mi andadura allá por el 2010, basándome en los escritos de D. Alberto Aguilar y en algunas de sus fotografías conservadas de utensilios tales como puntas de flecha, cabezas de hacha, piedras de pulir y cortar, etcétera.

Siendo del pueblo como soy (de toda mi vida) y teniendo ya cierta edad, mis recuerdos se remontan hasta los Cerros del Prado o, como popularmente se llamaban, Cerros Blancos. Entonces, en los años 60 y 70, se utilizaban de vertedero municipal; aunque ya había escritos de posibles asentamientos antiguos, ¿Quién se iba a preocupar por cuatro piedras y cuatro trozos de vasijas? Pues eso... De pequeños íbamos a jugar mucho por aquellos parajes. Cuántas veces habremos saltado los túmulos sin saber que debajo, hacía miles de años, niños como nosotros también saltaban y jugaban y, lo peor, que sus restos yacían debajo.
En septiembre de 2012 escribí un artículo precisamente sobre unos silos, fosas o agujeros que habían salido en el paraje de La Veredilla. Nadie sabía explicar qué eran ni para qué se usaban, y mucho menos la época en la que se hicieron y emplearon. Así, a la "chita callando", fueron apareciendo más y más agujeros por todo el paraje de La Veredilla, y luego por Las Cárcavas. Hasta que en 2020, cuando las grandes logísticas se trasladaron a Illescas, se descubrió el gran yacimiento del que todos hablan y del que se hacen eco los periódicos y revistas: Valdelasilla. Un paraje totalmente semidesértico con un gran túmulo central; el gran hallazgo de los hallazgos. Pero volvamos al principio para comprender ciertas cosas.

Entre 1984 y 1991 se desarrollaron las obras de la A-42. A su paso por Illescas arrasó con todo lo que pilló por delante. Las vías, en vez de ir por donde estaba el campo, hicieron lo que llaman desmonte; es decir, excavar para rebajar el nivel del terreno. Antes de 1985, en España no existían las leyes de Impacto Ambiental ni de Patrimonio Histórico obligatorias para las carreteras. Las excavadoras entraron a destajo y, si aparecía algo, procuraban que no se supiese: los propios operarios lo volvían a enterrar o destruir para que las obras no se paralizasen.
Imaginaos por un momento detener el tráfico de la autovía (bueno, detenerse se detiene todos los días por los atascos); me refiero a detener el tiempo y excavar justo debajo. Pues ya no existe nada, nada en absoluto. Las máquinas arrasaron con todo desde la Dehesa de Moratalaz hasta Yuncos y más allá. Si por casualidad sacaron algo, yace en cajas de cartón olvidadas, amontonadas en el Museo de Santa Cruz o en la nave de Sonseca. Una historia, la nuestra, obligada a ser desenterrada a toda prisa y sin control.
Si mañana te pilla uno de esos atascos interminables a la salida o entrada del pueblo, mira a tu alrededor. Las excavadoras no solo movieron toneladas de arcilla y piedras, sino que sepultaron y arrinconaron nuestro pasado más antiguo. Imagina que los terrenos que hoy ocupan los polígonos logísticos fueron el hogar de comunidades prehistóricas que dejaron su huella en forma de complejos silos que, aún hoy y a pesar de los estudios, nadie está seguro de para qué se hicieron.

Es de sobra conocido, aunque les pese a personas del gremio, que las sucesivas ampliaciones de la antigua N-401 destrozaron yacimientos sin catalogar. Los arqueólogos de la época hacían "prospecciones de superficie"; es decir, ir andando por caminos y veredas viendo qué sobresalía de la tierra (igualito que lo que hago yo, ya veis). Gracias a eso (y encima hay que dar las gracias) se sabía que la zona de Illescas estaba repleta de restos romanos (que los habitantes no hemos visto ni uno) y de la Edad del Hierro (que tampoco). Pero, en general, los movimientos de tierra previos a 1990 apenas se excavaron con metodología científica.
El punto de inflexión fue la Ley de Patrimonio de 1985. Justo cuando empezaban las obras fuertes de la autovía se aprobó la Ley de Patrimonio Histórico Español. Esta ley empezó a obligar a hacer "arqueología de urgencia"... Aunque tardó algunos años en lograr que las cosas se hiciesen medianamente bien, entre los desmontes que se registraron entre Madrid y Toledo destaca el yacimiento de Arroyo de Humanejos. Allí se identificaron las primeras piezas de vasos campaniformes (y sus características cazuelas y cuencos), con decoraciones hechas mediante incisiones y líneas impresas, donde usaban peines o punzones para adornar con mimo sus vasijas.
Otros yacimientos como Valladares, Valdelasilla o Las Cárcavas han sido excavados y catalogados... Seis mil años de historia bajo los campos de cultivo.

Y llegamos a 2020. En la zona de Valdelasilla, un área que quedó cortada por la autovía al igual que los Cerros del Prado (ahora lo llaman "Cerro Blanco" porque claramente solo queda uno), todas estas excavaciones han demostrado sin ninguna duda que toda la loma y los cerros paralelos a la autovía eran, en realidad, un inmenso complejo continuo de silos y viviendas.  
Este hallazgo monumental cerca del arroyo Viñuela fue identificado mediante una excavación de rescate o "arqueología de salvamento" (una intervención arqueológica rápida y sistemática, realizada en un terreno amenazado por obras, desarrollo o desastre natural, cuyo objetivo es recuperar, documentar y proteger la información histórica antes de que el sitio sea destruido de forma irreversible).
Y eso es lo que la ley del 85 permite: catalogar, documentar, expoliar (ellos lo llaman recuperar) y proteger la información... Pero el sitio ya no existe. Da igual que hubiesen pasado las excavadoras como en la autovía; ahora hay dos sendas empresas de logística en las 45 hectáreas que ocupaba este asombroso descubrimiento. Un lugar que no es solo un enterramiento singular ni unos objetos y huesos bien conservados; es que, gracias a este hallazgo, han podido demostrar un megalitismo único que reescribe el origen europeo.

Porque vamos a ver, estoy de acuerdo en que todo este tema lo han tenido que pagar las empresas que querían desarrollar los terrenos, que no es un complejo tan "especial" como para mantenerlo abierto, que a la gente no le gusta (no han preguntado a la gente, fijo), que pierden un montón de dinero y no es viable, y bla, bla, bla... Pero digo yo, ¿para qué lo destruís? ¿No se podía haber quedado como estaba por si dentro de 50, 100 o 6000 años alguien volvía a encontrarlo y entonces sabrían lo que ahora no se sabe? ¿Por qué coger hasta la última piedra y derribar el complejo? No me entra en la cabeza, la verdad. Algo que llevaba 6000 años en pie y en dos ha desaparecido para siempre. Qué orgullosos deberán estar todos, la verdad.
Todo esto es el reflejo de una alarmante miopía institucional que nos da el premio de consolación porque ha metido la Historia en una caja de cartón.
La autovía pudo sepultar los caminos de la prehistoria y las logísticas han podido enterrar una construcción megalítica, pero aún queda gente que alza la voz —en mi caso, las teclas— para recordar que, bajo las miles de toneladas de asfalto y hormigón, aún late una cápsula del tiempo que se niega, por derecho, a ser olvidada.
Hasta la próxima.

  Las fotos han sido sacadas del Articulo de Investigación Cambridge University Press