Lo prometido es deuda, amigos. En el artículo anterior nos despedimos con el ruido de los camiones y furgonetas de fondo, viendo cómo el asfalto avanza implacable sobre nuestros campos. Hoy quiero contaros un poco más de la fascinante historia de nuestra Villa, pero a mi ritmo y manera. Nunca seré como esos sesudos catedráticos de historia que te sueltan los datos fríos y se encasillan en ellos, sin mirar, sin pensar o sin imaginar lo que pudo o no pudo ser. Mi querido amigo Jesús Benito Etayo me dice que le gusta cómo escribo, que él es un sosainas, y no es cierto; él tiene lo que yo nunca tendré: la vista puesta en esos datos que a cuentagotas nos llegan de historias pasadas. Con esas gotas ha escrito un libro didáctico estupendo titulado "Illescas, encrucijada de caminos". Y es cierto, estamos en una gran encrucijada donde, durante siglos (muchos, desde hace 6000 años, que se dice pronto), los habitantes de esta tierra han construido y destruido, tapado y destapado, descubierto y también encubierto esa historia que, en forma de migas, ha llegado hasta este siglo XXI.
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| Cómo no tenemos imágenes de nuestras perdidas ermitas, este grabado francés que reza " un relai a Illescas entre Toléde et Madrid "- Una parada en Illescas entre Toledo y Madrid. |
El Cristo de la Guía: el faro espiritual de los caminos reales
Desviando la mirada de los conventos destruidos por la guerra, hay otra gran miga de nuestro patrimonio desaparecido que merece ser rescatada del olvido: la antigua ermita del Cristo de la Guía. Para entender su importancia, debemos despojarnos de la mentalidad moderna. Hoy en día viajamos con GPS y por autopistas asfaltadas, pero en los siglos pasados el transporte se medía al ritmo de las herraduras, las carretas y el barro. Aquel pequeño templo no se levantó en un lugar cualquiera; se edificó de forma estratégica, pegado al polvo de los viejos caminos reales que cruzaban el término de nuestra Villa. Su propio nombre lo dice todo: "de la Guía". Esta ermita servía de humilladero, un punto de referencia crucial en las encrucijadas de las grandes rutas que conectaban Madrid y Toledo. "En las interminables y llanas estepas de La Sagra, su silueta funcionaba como un auténtico faro, una guía no solo espiritual sino vital para que arrieros y viajeros no se perdieran en las noches cerradas o bajo las densas nieblas del invierno." Además, era una parada obligatoria por pura fe y necesidad geográfica: los caminantes se arrodillaban ante su cruz de término para encomendarse al Cristo y pedir protección contra los bandoleros antes de adentrarse en los peligrosos despoblados de la ruta. O, mirándolo al revés, era el primer saludo de bienvenida; divisarla significaba que el viaje largo terminaba y que la hospitalidad de las posadas de Illescas estaba a solo unos pasos. Aunque el progreso terminó por engullir sus cimientos, rescatar su existencia nos recuerda que el mapa de Illescas se dibujó, durante siglos, al paso de los caminantes.
«Si hoy lográramos plantarnos ante las puertas de aquella ermita y las empujáramos, nos saludaría de golpe un ambiente denso y nostálgico: un olor acre, mezclado con la grasa de sebo de los candiles, el rastro marchito de unas flores moribundas y el aroma a cera recién apagada. En la penumbra de ese pequeño espacio, protegido del viento y del polvo de los caminos, nos encontraríamos con una imagen solemne y sobrecogedora, idéntica a la de tantos otros humilladeros españoles. Sería un Cristo crucificado tallado en madera, de anatomía enjuta y doliente, cuya cabeza pende pesadamente sobre el hombro tras expirar. Sus llagas y heridas, pintadas con el crudo realismo propio del barroco, conmoverían al arriero que cruzaba el umbral. Allí, en la penumbra de su hornacina, aquel Cristo de mirada exhausta parecería compartir el mismo cansancio de los viajeros que se postraban a sus pies para pedirle una buena guía en la ruta».
San Isidro: el eco vivo de nuestros campos
«Siguiendo con este recorrido por la geografía de nuestra memoria, hay otro hito que los siglos y el desarrollo urbano han difuminado. En las páginas del historiador Fernando Jiménez de Gregorio aparece nombrada, casi de pasada, otra pieza perdida de nuestro mapa religioso: la ermita de San Isidro. No tenemos legajos que ubiquen con precisión sus viejos muros, pero su simple advocación nos habla directamente de lo que fuimos: una Villa que vivía por y para la tierra, donde los agricultores sagreños buscaban amparo para sus cosechas bajo el sol implacable de la llanura. Pero en Illescas el asfalto no ha logrado ahogar nuestras raíces. Aunque el templo ya no exista, la tradición se resiste a morir y, cada quince de mayo, bien temprano, los "isidriles" despiertan al pueblo a golpe de cohete, anunciando una fiesta que aún conserva su fe y su procesión. El verdadero protagonista de ese día es una imagen entrañable que denota una honda antigüedad: un santo muy pequeñito, apenas del tamaño de las figuras de un belén de iglesia, que aparece flanqueado por su arado, dos bueyes y el ángel que le hacía el trabajo. Una diminuta joya que ha sobrevivido al tiempo y que nos demuestra que, aunque derriben los ladrillos, la devoción de un pueblo es mucho más difícil de borrar del mapa».
Continuará...


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