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sábado, 5 de septiembre de 2026

Bajo el asfalto de La Sagra: memoria y eremitismo en Illescas (Parte I)

La Sagra, los rastrojos dorados y el verde plata de sus olivos; un horizonte que se dibujaba muchos años atrás y que hoy vemos, impasibles e impotentes, cómo una transformación acelerada va cambiando nuestro entorno. Sin embargo, bajo el asfalto y el hormigón, late una geografía sagrada que amenaza con borrarse de la memoria. Hubo un tiempo en que este territorio llano estaba vertebrado por la piedad popular y el eremitismo; modestos muros de fe y pequeñas ermitas rurales servían de amparo para nuestros antepasados y, por qué no decirlo, también de guía en los días oscuros o en las noches sin luna, porque nunca faltaban las candelas de aceite o las velas que encendía alguna mano generosa.


Algunos investigadores apuntan al Cerrón como sitio donde se ubicaba la Villa Dubiense, tras algunas actuaciones arqueológicas, no se han encontrado vestigios de que allí hubiese estado un Monasterio.


Reconstruir el pasado de estas capillas hoy desaparecidas no es solo un ejercicio de nostalgia: es un acto de justicia histórica para rescatar del olvido los puntos clave del fervor popular, mucho antes de que las logísticas nos invadiesen.

El Monasterio Dubiense y el enigma de San Ildefonso.

El primer gran misterio de este eremitismo nos hace retroceder catorce siglos, mucho antes de que las lindes de nuestros campos se midieran con planos industriales. Las crónicas antiguas sitúan en el año 636 d.C. la fundación, por parte de San Ildefonso, de un monasterio y una humilde ermita hospitalaria en un paraje denominado "Dubiense". Aquel asentamiento, nacido en pleno esplendor visigodo, se concibió como un lugar de retiro en mitad de la llanura. Sin embargo, las raíces de este suelo sagrado son aún más profundas. Hoy en día, los nuevos historiadores descartan las viejas teorías que hablaban de Ilarcuris; en su lugar, emerge con fuerza el nombre de Egelesta, una mítica urbe carpetana de musicalidad divina que latía bajo estas mismas tierras de secano. 

Fue en ese entorno, mientras los ecos lejanos de Egelesta aún resonaban en la memoria de la estepa, donde se levantó el Monasterio Dubiense. El topónimo, que comparte raíz con la palabra latina dubium (duda), evocaba los terrenos de límites inciertos y las tierras fronterizas de una Sagra indómita. 

Qué bella paradoja de nuestra historia local, que precisamente allí, en el paraje bautizado con el nombre de la duda y sobre las cenizas carpetanas, fuera donde nuestros antepasados levantasen los primeros muros firmes de su fe. Con el paso de los siglos, las plagas, las guerras y las mutaciones en los lindes agrarios, las piedras de aquel templo primitivo terminaron sepultadas, o bien sus materiales sirvieron para levantar otros edificios en la Villa de Illescas. Quizás algún día logremos conocer el sitio exacto; por ahora, nos quedamos con el misterio.

La Iglesia del Salvador del Mundo

Los libros de historia convencional despachan nuestra memoria con una frialdad que asusta. Nos dicen, de forma casi quirúrgica, que en el siglo XII ya se documentaba la existencia de la capilla del Salvador. Y ya está. A partir de ahí, todo queda en el aire. Para un investigador que solo pretende acumular legajos verídicos, el dato cumple su cometido; pero la verdadera crónica de un pueblo hay que contarla de otra manera: hay que imaginar cómo fue, aunque solo sea para rendir culto a aquellos que nos precedieron. Tomar notas de un vetusto pergamino es un auténtico privilegio, pero, amigos, imaginar por un momento esos apuntes vivos, esas piedras, esas imágenes, las personas que con su esfuerzo y valor levantaron y defendieron aquello que amaban... eso no se encuentra en las fechas o en los nombres de artistas de renombre mundial, sino en la memoria de quienes pisamos esta tierra.

Con los siglos, aquella capilla primitiva se transformó en iglesia, integrándose en el día a día de nuestros antepasados. Su final llegó a finales del siglo XIX, cuando una orden municipal sentenció su derribo a causa de su mal estado. Desaparecieron sus piedras, pero no su recuerdo. Lo que ocurrió en la actual Plaza del Salvador en los años 70 fue de lo más peculiar y emocionante. Durante las obras para instalar la acometida del agua en las casas, cuando las palas abrieron la tierra, nadie esperaba el impresionante hallazgo que estaban a punto de destapar: el antiguo cementerio parroquial. Un descubrimiento que causó un gran revuelo en el pueblo, pero que en realidad no era ningún secreto, sino el fruto del olvido y de la dejadez de no haberse leído ni un solo documento de nuestro Archivo Municipal; un tesoro documental que, afortunadamente, sí se salvó de la quema de 1936. Supongo que si la fecha del derribo está en esos legajos, el tema del camposanto estaría también, aunque tal vez el destino tuviera otros planes. Pero volvamos a la desaparecida iglesia.

Yo apenas tenía ocho años cuando presencié aquello. Ver cómo el subsuelo de la plaza revelaba los restos de los illescanos de hace siglos fue la primera vez que sentí, con una certeza absoluta, que lo que había debajo de nuestros pies tenía un cuento que contar. Aquellos muros desaparecidos del Salvador no eran solo piedra; eran los custodios de una fe y de unos vecinos que hoy descansan bajo el asfalto que pisamos a diario.

De aquella demolición de finales del siglo XIX solo se logró rescatar su antigua talla devocional, la cual fue trasladada para su protección a la Iglesia de Santa María. Pero el destino fue cruel con el patrimonio de nuestro pueblo. La imagen se había salvado de la piqueta de la centuria pasada, pero en 1936, con el estallido de la Guerra Civil, terminó ardiendo en una pira junto a decenas de tallas, cuadros, retablos y libros capitulares. La sinrazón redujo a cenizas siglos del pasado sagrado de Illescas. De todo aquello aún perdura la Plaza del Salvador, la Calle del Salvador y la Cuesta del Salvador; nombres tan antiguos como la pequeña y primitiva ermita.

El único vestigio que nos queda de la Parroquia del Salvador, es el Cristo del Salvador del Mundo, gracias a Don Alberto Aguilar, quien la fotografió en 1920, antes de ser devorada por las llamas, en 1936.

El humilde origen del Santuario de la Caridad

El caso de Nuestra Señora de la Caridad es, quizás, el ejemplo más bello de cómo el eremitismo rústico y sencillo dio paso, a lo largo de los siglos, a la monumentalidad del Santuario que hoy todos conocemos.

No hay historiador que se ponga de acuerdo en el tiempo que lleva la imagen de la Virgen custodiando nuestra Villa: unos dicen que mil años, otros que más, otros que menos... Es un enigma tan complejo como saber dónde estaba ubicado el Monasterio Dubiense, envuelto en la hipótesis de que fuera el propio San Ildefonso quien la trajera consigo.

Como yo siempre me imagino cosas, ato cabos y relleno huecos (soy muy fantasiosa), en este caso mi teoría se basa en la profunda devoción de San Ildefonso por la Virgen María. En Toledo está la célebre leyenda de que la misma Virgen le obsequió con una casulla (que, por cierto, está en Oviedo; cosas de la historia que yo no me explico). Pero la sorpresa llega cuando lees a otros autores y dicen exactamente lo mismo de la Caridad. Es decir, que una de dos: o a nuestro querido Santo le visitaron las dos imágenes marianas con una casulla cada una, o suponemos que San Ildefonso tenía dos tallas de la Virgen María —el apellido el que quieras: del Sagrario, del Valle, del Carmen, etc.—, de modo que una se quedó en Toledo, que es la Virgen del Sagrario, y otra se la trajo a Illescas, que es la Virgen de la Caridad. Y no porque en su origen la bautizaran con ese sobrenombre, sino que terminó llamándose así por estar en una pequeña capilla al lado de un Hospital de Caridad.

Sea como fuere su aparición en Illescas, sabemos que la ermita donde estaba en lo que hoy es el Santuario fue su segundo hogar en estas tierras, junto a un Hospital de Caridad y otro hospitalillo unas casas más arriba.

Tenéis que pensar que los Hospitales de Caridad eran más de ayuda a los pobres: comida, ropa, curar heridas o algunas enfermedades. Porque hoy nos quejamos de la Seguridad Social, pero plántate en el medievo con una apendicitis; te mueres de un "Cólico Miserere" en lo que dices amén.

El Caso es que la antigua Capilla desapareció con la construcción del Santuario pero ya habían pasado suficientes años para que la Fe de illescanos y viajeros se hubiese consolidado lo suficiente para ponerle semejante templo.

Su momento cumbre llegó en 1603, cuando la villa confió su decoración a un genio que desbordaba los límites de la pintura: Doménikos Theotokópoulos, El Greco.

Para la Caridad, el cretense no diseñó un simple conjunto de cuadros, sino una obra de arte total, donde la arquitectura, los lienzos y la escultura debían fundirse en un diálogo sagrado. Muchos visitantes contemplan hoy los cinco universales lienzos del presbiterio ignorando que las manos del Greco también tallaron la madera. Para coronar y flanquear su retablo, esculpió las figuras de las virtudes teologales —la Fe, y la Esperanza— junto a los profetas Isaías y Simeón. El Greco, hilando de forma magistral con nuestro pasado, dejó plasmado al propio San Ildefonso sentado a su mesa, escribiendo bajo la milagrosa inspiración de la pequeña Virgen illescana.

El viaje por nuestra geografía sagrada no termina aquí. Hoy hemos desenterrado del olvido los primeros tres pilares de nuestra Fe local: el enigma visigodo de la Villa Dubiense, el cementerio rescatado bajo las zanjas del Salvador y el humilde origen rústico de la Caridad. Tres espacios devorados por los siglos, la piqueta o la sinrazón del fuego, pero cuyos ecos se resisten a apagarse. Mientras las naves de logística siguen avanzando implacables sobre los antiguos caminos de olivos de Illescas, recordar dónde se encendían aquellas viejas candelas de aceite es nuestro único escudo contra el olvido. Porque un pueblo que no sabe lo que pisa está condenado a perder su identidad. En el próximo artículo seguiremos abriendo los vetustos pergaminos imaginarios de nuestra libreta para rescatar las ermitas y despoblados medievales que aún duermen bajo el hormigón de la modernidad. La historia de Illescas sigue viva bajo nuestros pies, esperando simplemente que alguien se atreva a contarla.


miércoles, 20 de mayo de 2026

La Historia Pasó por Illescas - El Regreso

De vuelta a las teclas: pequeñas migajas de la historia de Illescas
    Hola. Después de más de una década sin publicar, he decidido a seguir con este interesante, atractivo y fascinante hobby que es escribir la olvidada historia de mi pueblo, Illescas.
El porqué de mi abandono no lo voy a contar porque no viene al caso, creo que es mucho mejor contar el porqué de mi vuelta.
En octubre de 2025, me apunté a unas clases que impartía la UNED para personas SENIOR (sí, lo has adivinado, tengo más años que un bosque…). El caso es que, desde el primer día, tuve compañeros que elogiaban mi trabajo. Algunos lo leían por primera vez, otros lo conocían de hacía tiempo, pero no me conocían a mí. Por su parte, mi profesor y amigo, que ya sabía de mi afición, me instaba a seguir escribiendo.
Han pasado los meses y nos encontramos al final del curso. Ha sido entonces cuando he decidido retomar esta actividad. Primero, como trabajo de fin de curso, segundo para dedicárselo a todos mi compañeros por un año maravilloso y demasiado corto, en el que me he perdido demasiadas clases debido a mi salud (de la que tampoco voy a contar nada).
En esta primera entrada de vuelta a las teclas y debido a que es un trabajo de fin de curso, me he propuesto dos partes. La primera es plástica; un detalle que mañana llevaré a clase. La segunda es esta; contar pequeñas migajas de historia que, a mí personalmente, me parecen interesantes.

San Ildefonso
Este santo toledano (602-667) es muy conocido en nuestro pueblo. ¿Quién no ha entrado al Santuario de Nuestra Señora de la Caridad y no se ha fascinado con el cuadro que de su persona pintó Doménikos Theotokópoulos, por todos conocido como el Greco? Si sois de los que nunca habéis ido a verlo, os estáis perdiendo uno de los más espléndidos cuadros que el pintor griego plasmó en sus lienzos.
Gran devoto de Nuestra Señora de la Caridad, dejó muchos versos y frases dedicados a ella. Un ejemplo es:
"Por eso soy tu siervo, porque mi Señor es tu hijo; tú eres mi Señora, porque eres esclava de mi Señor".
Bueno, la verdad es que eso de que María fuese esclava de Cristo o de Dios no me gusta mucho, pero eran otros tiempos y se escribían cosas así.
"Para ser servidor devoto de su propio hijo, aspiro a ser el servidor de la madre".
"¡Oh, Clementísima Virgen! Saca de los tesoros de tu misericordia refrigerio para mi ánimo".
Esta última a mí me sirve de mantra porque la digo muchas veces. Ya la decía antes de saber su autoría... Imaginaos lo que puede llegar hasta nosotros desde el siglo VII, que fue cuando se escribió.




La Virgen
Desde tiempos inmemoriales, en Illescas se venera a Nuestra Señora de la Caridad. No tengo datos de ninguna aparición mariana, aunque sí hay registros de sus milagros. Existen muchas historias que dicen que fue traída junto con la Virgen del Sagrario (de Toledo) por San Eugenio, pero no son más que leyendas.
En origen, se trata de una talla románica del siglo XII o XIII. Aunque posteriormente ha sufrido muchas modificaciones, la fe de los illescanos y de los numerosos visitantes que llegan al santuario no ha declinado, y nos seguimos acordando de ella en nuestras plegarias.
He encontrado unas cuantas bastante curiosas y muy antiguas:
"Que la Virgen de la Caridad te cubra con su manto, nos libre de los miedos y nos guarde de todo mal".
"A la Virgen de la Caridad le pido que me libre de las malas lenguas y me devuelva el bien perdido".
Esta última existe porque debía de haber mucho cotilla por el pueblo, ¿verdad? Y aquí viene mi favorita:
"La Caridad está en Illescas, que al que no lleva tortas no le dan trigo".
Critica la hipocresía y el interés personal. Proviene del antiguo Hospital de la Villa, donde se repartían alimentos y tortas de pan, pero con una condición estricta: para recibirlos, antes debías aportar el grano (trigo, cebada, avena…).




La Virgen Viajera
En 1612, en la bahía de Nipe (Cuba), tres muchachitos —dos hermanos y un amigo de apenas nueve y diez años— salieron a buscar sal para conservar la carne. Una tormenta los sorprendió y tuvieron que refugiarse. Al amainar, divisaron algo que flotaba y que se dirigía hacia ellos.
Cuál no sería su asombro al comprobar que era una talla de una Virgen con un niño en brazos, flotando sobre una tabla en la que se leía: "Yo soy la Virgen de la Caridad". Cuenta la leyenda que, a pesar del temporal, ni la figura ni los ropajes estaban mojados.
Los niños llevaron la imagen al poblado de Barajagua, donde le improvisaron un tabernáculo, pero cuentan que la Virgen desaparecía misteriosamente y reaparecía en la cima de una colina. Las gentes del lugar interpretaron esto como una señal divina y le construyeron un altar. Hoy en día, miles de peregrinos de todos los lugares se acercan a la Basílica Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba.
Al igual que ocurre en Illescas, también en Cuba tienen sus plegarias a la Virgen de la Caridad del Cobre:
"En los días buenos y en los momentos difíciles, que tu luz sea mi consuelo y tu manto mi refugio".
"Santa María de la Caridad, que viniste como mensajera de paz flotando sobre el mar..."
También de estas plegarias tengo mi favorita:
"La Virgen de la Caridad, que desde su peñón de Cobre, mira con los mismos ojos al rico que al pobre".

 


 


Los que escribieron de Illescas
Bueno, ahora me voy a poner un poco más "laica", porque Illescas ha tenido visitantes a lo largo de los siglos que la han nombrado en sus libros, novelas y escritos varios.
Hace tiempo, cuando se inauguró el Centro de Especialidades y Diagnóstico de Illescas, pusieron en los pasillos unos paneles con dibujos de la villa y frases de autores que nombraban al pueblo. La verdad es que muchas veces paso las esperas médicas releyendo esos paneles y analizando lo que quieren decir. La mayoría están escritos por autores del Siglo de Oro, que no siempre querían decir exactamente lo que se leía, no sé si me entendéis...
Por mi parte, como no se pueden hacer fotos en el centro y nadie me da razones de cómo y por qué se eligieron esos fragmentos en concreto, fui por el camino más largo. Busqué en la Biblioteca Nacional, que tiene un inventario digital enorme donde encuentras cualquier cosa con una sola palabra, y localicé estas pocas frases escritas por autores de renombre.
Tengo que empezar, cómo no, por Lope de Vega (1562-1635). Está documentado que este escritor pasó largas estancias en Illescas y se deleitó con los asados de sus mesones y el frescor de sus guindas. Escribió El caballero de Illescas (famosa comedia escrita en 1612 y publicada en 1618) y El infanzón de Illescas (también conocida como El rey Don Pedro en Madrid, publicada en 1633). De ellas he sacado estas frases:
"¿Bien? ¿Qué dice agora poca ropa? ¿A qué buena por acá el Caballero de Illescas?"
"Pasando inmenso trabaxo en hallar tinta y pluma, de que no es tan abundante Illescas como de guindas".

 



Sigo con fray Gabriel Téllez, más conocido como Tirso de Molina (1579-1648), de quien creo que tenemos una calle en el pueblo (o al menos la teníamos).
"Camino de Illescas voy, que las sospechas de un celoso corren más que un gamo" (La villana de Vallecas, 1627).
"Camino de Illescas van, huyendo del calor, donde los mesones dan al viajero buen olor y a los campos lindo pan" (El vergonzoso en palacio, 1624).



 

No podía faltar Miguel de Cervantes. Aunque algunos escritores y eruditos del pueblo siempre dijeron que no pasó por aquí —cosa muy rara en esos días, siendo Illescas una villa llena de viajeros de todos los pelajes donde no faltaban las tabernas y los mesones, y siendo el autor muy dado a esos entretenimientos (según cuentan)—, no puedo asegurar que estuvo a ciencia cierta. Sin embargo, en su obra Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617) nos obsequia con esta conversación:
"No fue sino en Illescas —dijo Isabela— cogiendo guindas la mañana de San Juan al tiempo que alboreaba; mas, si vas a decir verdad, que es milagro que yo lo diga, siempre le veo y siempre le tengo en el alma".

 





Bien, y para terminar (que me estoy pasando tres pueblos y a ver quién lee este tocho ahora), aparece otro autor que me ha sorprendido bastante, porque nos salimos del Siglo de Oro y nos adentramos en el realismo de Benito Pérez Galdós (1843-1920).
De su obra El doctor Centeno (1883):
"Cierto sujeto, que estuvo bastantes años en Filipinas, ocupaba un gabinete solo por temporadas porque su residencia habitual era Illescas..."



 

Bueno, esto es todo por hoy. Quienes seáis de ciudades o pueblos muy importantes y muy renombrados literariamente pensaréis que menuda tontería por cuatro frases. Sin embargo, a los que somos de Illescas nos hace mucha ilusión, la verdad, que se nombre a nuestro pueblo en cualquiera de las grandes historias que nuestros literatos han tenido a bien dejarnos en herencia... No sé si el próximo día será más y mejor; lo que sí sé es que cada palabra que publico lleva todo mi sentimiento hacia mi pueblo.
Os lo dedico a vosotros, amigos de la UNED SENIOR de Illescas. Gracias por todo, y espero que el año que viene nos juntemos otra vez para explorar toda la historia olvidada (o casi) de la Villa.