miércoles, 16 de septiembre de 2026

Bajo el asfalto de la Sagra; Memoria y eritismo en Illescas. ( Parte II)

Lo prometido es deuda, amigos. En el artículo anterior nos despedimos con el ruido de los camiones y furgonetas de fondo, viendo cómo el asfalto avanza implacable sobre nuestros campos. Hoy quiero contaros un poco más de la fascinante historia de nuestra Villa, pero a mi ritmo y manera. Nunca seré como esos sesudos catedráticos de historia que te sueltan los datos fríos y se encasillan en ellos, sin mirar, sin pensar o sin imaginar lo que pudo o no pudo ser. Mi querido amigo Jesús Benito Etayo me dice que le gusta cómo escribo, que él es un sosainas, y no es cierto; él tiene lo que yo nunca tendré: la vista puesta en esos datos que a cuentagotas nos llegan de historias pasadas. Con esas gotas ha escrito un libro didáctico estupendo titulado "Illescas, encrucijada de caminos". Y es cierto, estamos en una gran encrucijada donde, durante siglos (muchos, desde hace 6000 años, que se dice pronto), los habitantes de esta tierra han construido y destruido, tapado y destapado, descubierto y también encubierto esa historia que, en forma de migas, ha llegado hasta este siglo XXI.

 

                               

Antes de seguir con las ermitas y conventos desaparecidos, es necesario haceros una aclaración histórica importante sobre el mapa religioso de nuestra villa. Algunos textos de referencia —como "La Sagra toledana" de Fernando Jiménez de Gregorio— sitúan erróneamente en Illescas la fundación de un convento carmelita de San José y San Ildefonso en 1595. Sin embargo, al contrastar fuentes directas como las "Relaciones de Felipe II" o el "Catastro de Ensenada", se comprueba que dicha fundación nunca existió en nuestro municipio. Se trata de un curioso error de archivo que arrastró el autor: el célebre monasterio se asentó, en realidad, en el corazón de una hermosa villa monumental conocida popularmente como «Toledillo de La Mancha» y si no os suena de nada es la de todos conocida Villa de Yepes. Así que, por ese lado, podemos dejar de buscar en nuestro término; allí tienen la gran suerte de conservarlo intacto.

Convento de S. José y S. Ildefonso Yepes-Toledo

Despejado el entuerto de los carmelitas, toca hablar de ellos: de los frailes franciscanos descalzos, una comunidad masculina que habitó en nuestro término y que hoy pertenece a la categoría de patrimonio completamente perdido. A diferencia de las concepcionistas franciscanas —fundadas entre 1514 y 1515 cerca de una de las vegas de la localidad, estos monjes, llamados también "alcantarinos" por su fundador San Pedro de Alcántara, buscaron en el siglo XVII el aislamiento, la pobreza radical y el silencio en nuestra villa.Fieles a esa austeridad, construyeron el convento en extramuros. Aunque el Catastro de Ensenada de 1752 censó la presencia de 30 religiosos, nada escrito nos ha llegado sobre el valor barroco de sus retablos... Os preguntaréis por qué; pues lo de siempre: el trágico destino que la historia deparó a esta Villa. "La barbarie de unas guerras que nos roban el pasado y el presente es una lacra arrastrada por la humanidad desde que salimos del barro o bajamos de la liana.

Cómo no tenemos imágenes de nuestras perdidas ermitas, este grabado francés que reza " un relai a Illescas entre Toléde et Madrid "- Una parada en Illescas entre Toledo y Madrid.                                                                                      
"Recuerdo una fotografía de hace unos 34 años en Sarajevo: el fotógrafo Gervasio Sánchez retrató la devastación de la Biblioteca Nacional tras el brutal bombardeo e incendio provocado por las fuerzas serbobosnias. En aquella biblioteca se quemaron más de dos millones de libros y manuscritos únicos, testigos de la historia de convivencia entre musulmanes, católicos, ortodoxos y judíos en los Balcanes. Quisieron borrar la memoria de un pueblo, exactamente igual que siglos antes hicieron los franceses en España y, más tarde, los propios españoles: conventos expoliados de sus reliquias más sagradas y archivos reducidos a cenizas; un legado que para los invasores no era más que madera y papel."
La cultura de un pueblo reducida a cenizas...

Fue precisamente aquella invasión francesa la que obligó a nuestras comunidades religiosas a tomar decisiones desesperadas para sobrevivir. Las monjas se vieron forzadas a suspender su voto de clausura ante la inminente llegada de las tropas, huyendo a toda prisa para evitar ser apaleadas y violentadas. Mientras tanto, el convento de los franciscanos descalzos sufrió el peor de los castigos: las fuerzas imperiales lo vandalizaron y lo destruyeron por completo, reduciéndolo a escombros. Aquella brutalidad dejó el edificio en una ruina tan absoluta que los monjes jamás regresaron, borrando así su presencia y su huella en nuestra Villa.

El Cristo de la Guía: el faro espiritual de los caminos reales

Desviando la mirada de los conventos destruidos por la guerra, hay otra gran miga de nuestro patrimonio desaparecido que merece ser rescatada del olvido: la antigua ermita del Cristo de la Guía. Para entender su importancia, debemos despojarnos de la mentalidad moderna. Hoy en día viajamos con GPS y por autopistas asfaltadas, pero en los siglos pasados el transporte se medía al ritmo de las herraduras, las carretas y el barro. Aquel pequeño templo no se levantó en un lugar cualquiera; se edificó de forma estratégica, pegado al polvo de los viejos caminos reales que cruzaban el término de nuestra Villa. Su propio nombre lo dice todo: "de la Guía". Esta ermita servía de humilladero, un punto de referencia crucial en las encrucijadas de las grandes rutas que conectaban Madrid y Toledo. "En las interminables y llanas estepas de La Sagra, su silueta funcionaba como un auténtico faro, una guía no solo espiritual sino vital para que arrieros y viajeros no se perdieran en las noches cerradas o bajo las densas nieblas del invierno." Además, era una parada obligatoria por pura fe y necesidad geográfica: los caminantes se arrodillaban ante su cruz de término para encomendarse al Cristo y pedir protección contra los bandoleros antes de adentrarse en los peligrosos despoblados de la ruta. O, mirándolo al revés, era el primer saludo de bienvenida; divisarla significaba que el viaje largo terminaba y que la hospitalidad de las posadas de Illescas estaba a solo unos pasos. Aunque el progreso terminó por engullir sus cimientos, rescatar su existencia nos recuerda que el mapa de Illescas se dibujó, durante siglos, al paso de los caminantes.

«Si hoy lográramos plantarnos ante las puertas de aquella ermita y las empujáramos, nos saludaría de golpe un ambiente denso y nostálgico: un olor acre, mezclado con la grasa de sebo de los candiles, el rastro marchito de unas flores moribundas y el aroma a cera recién apagada. En la penumbra de ese pequeño espacio, protegido del viento y del polvo de los caminos, nos encontraríamos con una imagen solemne y sobrecogedora, idéntica a la de tantos otros humilladeros españoles. Sería un Cristo crucificado tallado en madera, de anatomía enjuta y doliente, cuya cabeza pende pesadamente sobre el hombro tras expirar. Sus llagas y heridas, pintadas con el crudo realismo propio del barroco, conmoverían al arriero que cruzaba el umbral. Allí, en la penumbra de su hornacina, aquel Cristo de mirada exhausta parecería compartir el mismo cansancio de los viajeros que se postraban a sus pies para pedirle una buena guía en la ruta».

San Isidro: el eco vivo de nuestros campos

«Siguiendo con este recorrido por la geografía de nuestra memoria, hay otro hito que los siglos y el desarrollo urbano han difuminado. En las páginas del historiador Fernando Jiménez de Gregorio aparece nombrada, casi de pasada, otra pieza perdida de nuestro mapa religioso: la ermita de San Isidro. No tenemos legajos que ubiquen con precisión sus viejos muros, pero su simple advocación nos habla directamente de lo que fuimos: una Villa que vivía por y para la tierra, donde los agricultores sagreños buscaban amparo para sus cosechas bajo el sol implacable de la llanura. Pero en Illescas el asfalto no ha logrado ahogar nuestras raíces. Aunque el templo ya no exista, la tradición se resiste a morir y, cada quince de mayo, bien temprano, los "isidriles" despiertan al pueblo a golpe de cohete, anunciando una fiesta que aún conserva su fe y su procesión. El verdadero protagonista de ese día es una imagen entrañable que denota una honda antigüedad: un santo muy pequeñito, apenas del tamaño de las figuras de un belén de iglesia, que aparece flanqueado por su arado, dos bueyes y el ángel que le hacía el trabajo. Una diminuta joya que ha sobrevivido al tiempo y que nos demuestra que, aunque derriben los ladrillos, la devoción de un pueblo es mucho más difícil de borrar del mapa».

Continuará...


sábado, 5 de septiembre de 2026

Bajo el asfalto de La Sagra: memoria y eremitismo en Illescas (Parte I)

La Sagra, los rastrojos dorados y el verde plata de sus olivos; un horizonte que se dibujaba muchos años atrás y que hoy vemos, impasibles e impotentes, cómo una transformación acelerada va cambiando nuestro entorno. Sin embargo, bajo el asfalto y el hormigón, late una geografía sagrada que amenaza con borrarse de la memoria. Hubo un tiempo en que este territorio llano estaba vertebrado por la piedad popular y el eremitismo; modestos muros de fe y pequeñas ermitas rurales servían de amparo para nuestros antepasados y, por qué no decirlo, también de guía en los días oscuros o en las noches sin luna, porque nunca faltaban las candelas de aceite o las velas que encendía alguna mano generosa.


Algunos investigadores apuntan al Cerrón como sitio donde se ubicaba la Villa Dubiense, tras algunas actuaciones arqueológicas, no se han encontrado vestigios de que allí hubiese estado un Monasterio.


Reconstruir el pasado de estas capillas hoy desaparecidas no es solo un ejercicio de nostalgia: es un acto de justicia histórica para rescatar del olvido los puntos clave del fervor popular, mucho antes de que las logísticas nos invadiesen.

El Monasterio Dubiense y el enigma de San Ildefonso.

El primer gran misterio de este eremitismo nos hace retroceder catorce siglos, mucho antes de que las lindes de nuestros campos se midieran con planos industriales. Las crónicas antiguas sitúan en el año 636 d.C. la fundación, por parte de San Ildefonso, de un monasterio y una humilde ermita hospitalaria en un paraje denominado "Dubiense". Aquel asentamiento, nacido en pleno esplendor visigodo, se concibió como un lugar de retiro en mitad de la llanura. Sin embargo, las raíces de este suelo sagrado son aún más profundas. Hoy en día, los nuevos historiadores descartan las viejas teorías que hablaban de Ilarcuris; en su lugar, emerge con fuerza el nombre de Egelesta, una mítica urbe carpetana de musicalidad divina que latía bajo estas mismas tierras de secano. 

Fue en ese entorno, mientras los ecos lejanos de Egelesta aún resonaban en la memoria de la estepa, donde se levantó el Monasterio Dubiense. El topónimo, que comparte raíz con la palabra latina dubium (duda), evocaba los terrenos de límites inciertos y las tierras fronterizas de una Sagra indómita. 

Qué bella paradoja de nuestra historia local, que precisamente allí, en el paraje bautizado con el nombre de la duda y sobre las cenizas carpetanas, fuera donde nuestros antepasados levantasen los primeros muros firmes de su fe. Con el paso de los siglos, las plagas, las guerras y las mutaciones en los lindes agrarios, las piedras de aquel templo primitivo terminaron sepultadas, o bien sus materiales sirvieron para levantar otros edificios en la Villa de Illescas. Quizás algún día logremos conocer el sitio exacto; por ahora, nos quedamos con el misterio.

La Iglesia del Salvador del Mundo

Los libros de historia convencional despachan nuestra memoria con una frialdad que asusta. Nos dicen, de forma casi quirúrgica, que en el siglo XII ya se documentaba la existencia de la capilla del Salvador. Y ya está. A partir de ahí, todo queda en el aire. Para un investigador que solo pretende acumular legajos verídicos, el dato cumple su cometido; pero la verdadera crónica de un pueblo hay que contarla de otra manera: hay que imaginar cómo fue, aunque solo sea para rendir culto a aquellos que nos precedieron. Tomar notas de un vetusto pergamino es un auténtico privilegio, pero, amigos, imaginar por un momento esos apuntes vivos, esas piedras, esas imágenes, las personas que con su esfuerzo y valor levantaron y defendieron aquello que amaban... eso no se encuentra en las fechas o en los nombres de artistas de renombre mundial, sino en la memoria de quienes pisamos esta tierra.

Con los siglos, aquella capilla primitiva se transformó en iglesia, integrándose en el día a día de nuestros antepasados. Su final llegó a finales del siglo XIX, cuando una orden municipal sentenció su derribo a causa de su mal estado. Desaparecieron sus piedras, pero no su recuerdo. Lo que ocurrió en la actual Plaza del Salvador en los años 70 fue de lo más peculiar y emocionante. Durante las obras para instalar la acometida del agua en las casas, cuando las palas abrieron la tierra, nadie esperaba el impresionante hallazgo que estaban a punto de destapar: el antiguo cementerio parroquial. Un descubrimiento que causó un gran revuelo en el pueblo, pero que en realidad no era ningún secreto, sino el fruto del olvido y de la dejadez de no haberse leído ni un solo documento de nuestro Archivo Municipal; un tesoro documental que, afortunadamente, sí se salvó de la quema de 1936. Supongo que si la fecha del derribo está en esos legajos, el tema del camposanto estaría también, aunque tal vez el destino tuviera otros planes. Pero volvamos a la desaparecida iglesia.

Yo apenas tenía ocho años cuando presencié aquello. Ver cómo el subsuelo de la plaza revelaba los restos de los illescanos de hace siglos fue la primera vez que sentí, con una certeza absoluta, que lo que había debajo de nuestros pies tenía un cuento que contar. Aquellos muros desaparecidos del Salvador no eran solo piedra; eran los custodios de una fe y de unos vecinos que hoy descansan bajo el asfalto que pisamos a diario.

De aquella demolición de finales del siglo XIX solo se logró rescatar su antigua talla devocional, la cual fue trasladada para su protección a la Iglesia de Santa María. Pero el destino fue cruel con el patrimonio de nuestro pueblo. La imagen se había salvado de la piqueta de la centuria pasada, pero en 1936, con el estallido de la Guerra Civil, terminó ardiendo en una pira junto a decenas de tallas, cuadros, retablos y libros capitulares. La sinrazón redujo a cenizas siglos del pasado sagrado de Illescas. De todo aquello aún perdura la Plaza del Salvador, la Calle del Salvador y la Cuesta del Salvador; nombres tan antiguos como la pequeña y primitiva ermita.

El único vestigio que nos queda de la Parroquia del Salvador, es el Cristo del Salvador del Mundo, gracias a Don Alberto Aguilar, quien la fotografió en 1920, antes de ser devorada por las llamas, en 1936.

El humilde origen del Santuario de la Caridad

El caso de Nuestra Señora de la Caridad es, quizás, el ejemplo más bello de cómo el eremitismo rústico y sencillo dio paso, a lo largo de los siglos, a la monumentalidad del Santuario que hoy todos conocemos.

No hay historiador que se ponga de acuerdo en el tiempo que lleva la imagen de la Virgen custodiando nuestra Villa: unos dicen que mil años, otros que más, otros que menos... Es un enigma tan complejo como saber dónde estaba ubicado el Monasterio Dubiense, envuelto en la hipótesis de que fuera el propio San Ildefonso quien la trajera consigo.

Como yo siempre me imagino cosas, ato cabos y relleno huecos (soy muy fantasiosa), en este caso mi teoría se basa en la profunda devoción de San Ildefonso por la Virgen María. En Toledo está la célebre leyenda de que la misma Virgen le obsequió con una casulla (que, por cierto, está en Oviedo; cosas de la historia que yo no me explico). Pero la sorpresa llega cuando lees a otros autores y dicen exactamente lo mismo de la Caridad. Es decir, que una de dos: o a nuestro querido Santo le visitaron las dos imágenes marianas con una casulla cada una, o suponemos que San Ildefonso tenía dos tallas de la Virgen María —el apellido el que quieras: del Sagrario, del Valle, del Carmen, etc.—, de modo que una se quedó en Toledo, que es la Virgen del Sagrario, y otra se la trajo a Illescas, que es la Virgen de la Caridad. Y no porque en su origen la bautizaran con ese sobrenombre, sino que terminó llamándose así por estar en una pequeña capilla al lado de un Hospital de Caridad.

Sea como fuere su aparición en Illescas, sabemos que la ermita donde estaba en lo que hoy es el Santuario fue su segundo hogar en estas tierras, junto a un Hospital de Caridad y otro hospitalillo unas casas más arriba.

Tenéis que pensar que los Hospitales de Caridad eran más de ayuda a los pobres: comida, ropa, curar heridas o algunas enfermedades. Porque hoy nos quejamos de la Seguridad Social, pero plántate en el medievo con una apendicitis; te mueres de un "Cólico Miserere" en lo que dices amén.

El Caso es que la antigua Capilla desapareció con la construcción del Santuario pero ya habían pasado suficientes años para que la Fe de illescanos y viajeros se hubiese consolidado lo suficiente para ponerle semejante templo.

Su momento cumbre llegó en 1603, cuando la villa confió su decoración a un genio que desbordaba los límites de la pintura: Doménikos Theotokópoulos, El Greco.

Para la Caridad, el cretense no diseñó un simple conjunto de cuadros, sino una obra de arte total, donde la arquitectura, los lienzos y la escultura debían fundirse en un diálogo sagrado. Muchos visitantes contemplan hoy los cinco universales lienzos del presbiterio ignorando que las manos del Greco también tallaron la madera. Para coronar y flanquear su retablo, esculpió las figuras de las virtudes teologales —la Fe, y la Esperanza— junto a los profetas Isaías y Simeón. El Greco, hilando de forma magistral con nuestro pasado, dejó plasmado al propio San Ildefonso sentado a su mesa, escribiendo bajo la milagrosa inspiración de la pequeña Virgen illescana.

El viaje por nuestra geografía sagrada no termina aquí. Hoy hemos desenterrado del olvido los primeros tres pilares de nuestra Fe local: el enigma visigodo de la Villa Dubiense, el cementerio rescatado bajo las zanjas del Salvador y el humilde origen rústico de la Caridad. Tres espacios devorados por los siglos, la piqueta o la sinrazón del fuego, pero cuyos ecos se resisten a apagarse. Mientras las naves de logística siguen avanzando implacables sobre los antiguos caminos de olivos de Illescas, recordar dónde se encendían aquellas viejas candelas de aceite es nuestro único escudo contra el olvido. Porque un pueblo que no sabe lo que pisa está condenado a perder su identidad. En el próximo artículo seguiremos abriendo los vetustos pergaminos imaginarios de nuestra libreta para rescatar las ermitas y despoblados medievales que aún duermen bajo el hormigón de la modernidad. La historia de Illescas sigue viva bajo nuestros pies, esperando simplemente que alguien se atreva a contarla.