Hola. Aquí estoy de nuevo.
Gracias a todos los que os acercáis a este espacio; vuestro apoyo me da ánimos para seguir escribiendo e investigando. Aunque, a decir verdad, indagar sobre la historia en general, y la de Illescas en particular, a menudo se convierte en un ejercicio de frustración, salpicado de dosis de cabreo y mal humor.
Entre archivos perdidos en los avatares del tiempo y el manto de olvido y dejadez que arrastramos desde hace siglos, rescatar nuestro pasado requiere paciencia. Exige leer, comparar datos y pasar muchas horas frente a los documentos para, a lo mejor, tan solo descubrir el antiguo nombre de una calle o de un paraje. Es un esfuerzo que la mayoría de las veces pasa tan inadvertido como las propias historias que intento rescatar. Pero, al igual que las ajadas piedras de nuestro entorno, aún me quedan ganas de permanecer aquí: en pie (o más bien sentada) y, al igual que ellas, me niego a desaparecer.
Hoy me pongo las botas y agarro mi bastón porque quiero que me acompañéis. Os invito a un paseo por un paraje de nuestra Villa que debería ser un remanso de frescura, naturaleza y respeto por nuestro patrimonio. Lamentablemente, este rincón medieval hoy está en ruinas, abandonado entre la basura y pasando desapercibido para muchos...Cruzar el Puente Medieval de la Tenería es dar un salto al pasado con los ojos cerrados, dejándose guiar por el eco de una historia que las instituciones parecen haber olvidado. A menudo pensamos que el patrimonio de Illescas se reduce a los lienzos de El Greco, a los milagros o a las crónicas palaciegas que acaecieron en el pasado; pero la verdadera identidad de nuestra Villa se forjó en la tierra, en el barro, en el agua y en el esfuerzo diario de sus habitantes.
Escondido en la zona oeste, este robusto y resistente arco de piedra sobre el arroyo del Cubo sobrevive no solo a las riadas de los siglos, sino también a una preocupante dejadez histórica que ha borrado gran parte de sus fechas y nombres propios. Sin embargo, las piedras tienen memoria. Hoy aparto el silencio institucional para desenterrar esas pequeñas "migas de historia" que, en su conjunto, componen el alma de este pueblo. Os hablo de un rincón que un día olió a cuero, a esfuerzo gremial, a sudor y a sangre. Un espacio donde labriegos y arrieros conectaban nuestro pueblo con el resto de la Sagra...
El nombre de este paraje no es casual: hace referencia directa a las antiguas tenerías, los talleres donde los artesanos curtían y preparaban las pieles. Desde el siglo XV, este oficio —vital para la economía local— requería obligatoriamente el acceso a una corriente constante de agua para lavar los cueros. Por ello, y debido a los fuertes olores que generaba el proceso, este barrio gremial se asentó en la periferia. En su época de mayor esplendor, entre los siglos XV y XVI, de tres a cinco familias de curtidores operaban aquí simultáneamente. No eran grandes industrias, sino pequeños artesanos que debían convivir y repartirse meticulosamente el uso del agua.
Para garantizar un paso seguro en este entorno de bullicio industrial y blindar el comercio local, el Concejo de la Villa ordenó construir este puente de piedra de un solo ojo: solido, funcional y desafiante al paso del tiempo. Aunque hoy nos cueste imaginarlo ante la alarmante escasez de agua que sufre el arroyo del Cubo, en aquel entonces se trataba de una infraestructura estratégica. Illescas crecía con fuerza gracias al comercio y al tránsito de viajeros, pero el arroyo cortaba el paso hacia los caminos de la zona oeste de la Sagra. Si bien en verano el caudal descendía exponencialmente, las estaciones de otoño, primavera e invierno traían fuertes crecidas que amenazaban con aislar al pueblo y ponían en peligro la vida de viandantes, labriegos y carros de mercancías. El puente se convirtió, así, en nuestro cordón umbilical con los caminos antiguos que conducían a El Viso de San Juan y Carranque.
Pero el tiempo no perdona y los oficios cambian. Dando un salto cronológico hasta 1752, nos encontramos con el famoso Catastro del Marqués de la Ensenada, el cual nos permite asomarnos por una pequeña rendija al censo de oficios de nuestra Villa. Gracias a este monumental interrogatorio real, sabemos que en aquel año aún se resistía a desaparecer la tradición en el paraje, registrado con una arcaica "h" intercalada como "Theneria". Aquel último taller se hallaba en extramuros _fuera de la desaparecida Puerta de Talavera _ El negocio era propiedad de Don Cristóbal López del Valle, vecino de Illescas, y en él se fabricaba suela y cordobán. Aunque su dueño seguía trabajando a pesar del ya por entonces escaso caudal del arroyo, el taller se encontraba poco surtido; apenas podía producir unos tres mil reales al año. La gran industria de la piel en la Sagra agonizaba, pero Don Cristóbal mantenía vivo el último aliento de una herencia centenaria. Imaginar el día a día en aquellas pozas es evocar una realidad tan cruda como fascinante.
El proceso comenzaba en los caleros o pelambres, unas piletas donde los artesanos mezclaban el agua con cal viva para ablandar las pieles y poder arrancar el pelo. Tras este baño, venía una de las fases más duras del oficio: el purgado. Para eliminar la cal y flexibilizar el cuero, los curtidores recurrían al uso de orines y excrementos de animales. El amoníaco de estas sustancias, sumado al calor del verano, convertía este paraje en un foco de olores insoportables, justificando por qué debían trabajar lejos de los muros de la población. Una vez limpias y purgadas, el verdadero secreto del curtido ocurría bajo el suelo, dentro de los noques o cajones. Eran pozas rectangulares excavadas en la tierra y construidas, nunca mejor dicho, a cal y canto para asegurar una impermeabilidad perfecta. Allí dentro, las pieles se "asentaban" durante meses sumergidas en un agua teñida por el polvo del zumaque local (o taninos). Curiosamente, en las excavaciones de nuestra Villa suelen aparecer gran cantidad de tinajas de barro medievales. Siempre nos han dicho que servían para guardar el vino o el grano, pero conociendo la fuerza de este oficio, ¿y si muchas de esas piezas de arcilla no eran despensas, sino los noques ocultos de nuestros curtidores? La arqueología de la provincia ya ha demostrado en otros yacimientos que las tinajas enterradas eran el motor silencioso de las tenerías castellanas.
Hace poco, los cimientos de una nueva vivienda en Illescas dejaron al descubierto lo que para muchos —incluso para ojos expertos— "no era nada": una estructura blanca de tres metros y muros olvidados de adobe y ladrillo. Para mí, tras examinar las fotos y unir las piezas del mapa histórico, no hay duda. Allí, en una zona hoy engullida por el crecimiento urbano pero que en el pasado eran las afueras desiertas junto al arroyo, emergió el verdadero enclave de nuestra tenería. Esas costras de cal que la tierra devuelve, esos muros modestos de adobe y las piedras del Puente de la Tenería que hoy pisamos entre plásticos y desidia, son los testigos mudos de la Illescas que se forjó con el sudor de sus vecinos. Apartar el silencio institucional no es solo limpiar la basura de un paraje; es rescatar la dignidad de nuestra propia historia antes de que el cemento y el olvido la sepulten para siempre.
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