miércoles, 17 de junio de 2026

Muros de Clausura , Vidas Olvidadas...

Cuando paseamos por la calle de las Monjas en la actualidad, solo vemos un edificio ajado por los años, abandonado y a punto de derrumbarse: es el Convento de la Purísima Concepción de la Madre de Dios. Hoy es un remanso de paz dentro del patrimonio cultural de la villa, pero si viajamos en el tiempo hasta los primeros años del siglo XVI, descubriremos que su nacimiento estuvo ligado a las más altas esferas del poder eclesiástico y a una mujer hoy olvidada: Sor Inés de la Concepción.

 Ella es la demostración de que, indiscutiblemente, la gran Historia de España pasó por Illescas.


Catálogo de Santas Vivas
Catálogo de Santas Vivas

Para entender cómo Inés llegó a nuestra villa, hay que mirar su árbol genealógico, pues era prima hermana del Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, uno de los hombres más poderosos de la época, regente de España y confesor de la reina Isabel la Católica. Así, cuando Cisneros decidió fundar un nuevo e importante convento franciscano en Illescas, supo exactamente a quién recurrir para liderar el proyecto. Necesitaba a alguien de máxima confianza, con experiencia y con una espiritualidad intachable. Inés era la candidata perfecta.

Antes de llegar a Illescas, Inés profesó como religiosa en el Convento de Santa María de la Cruz, en Cubas de la Sagra, forjando su vocación bajo la tutela y el ejemplo de Sor Juana de la Cruz _ Santa Juana_, compartiendo fatigas y desvelos en una de las épocas de mayor esplendor espiritual del centro. Esta convivencia fue un pilar fundamental para Sor Inés; Sor Juana gobernaba con mano firme el Convento de Cubas como Abadesa, mientras Inés profesaba como monja y discípula, formándose directamente bajo el amparo, la estricta disciplina de clausura y la influencia mística de Juana. De ella aprendió el modelo de liderazgo conventual que más tarde exportaría a Illescas, con su primo el Cardenal Cisneros como nexo de unión.

Catálogo de Santas Vivas

Juana en aquel tiempo gozaba de una fama colosal en Castilla. Tenía el don de la predicación _un hecho insólito para una mujer de la época, y más insólito aún que los hombres la escuchasen_, y figuras de la talla del Emperador Carlos V y el propio Cardenal Cisneros viajaban a Cubas exclusivamente para escuchar sus sermones y pedirle consejo político y espiritual.

Como he dicho antes, Inés dejó Cubas de la Sagra en 1514 para establecer una comunidad de franciscanas en Illescas merced a una bula papal de León X _cuyo nombre secular era Giovanni di Lorenzo de' Medici, miembro de la poderosa familia Médici_. No viajó sola: le acompañaba un grupo de monjas profesas procedentes de su mismo monasterio. La dotación económica aportada por Cisneros permitía el sostenimiento de treinta religiosas, pero, lógicamente, en alguna parte debía habitar ese grupo de mujeres al llegar a la villa.

Aquí es donde entra otra mujer olvidada de la historia de Illescas: Elvira López, una noble dama que proveyó el suelo para la fundación, cediendo las propiedades, solares y casas principales que poseía en el entramado urbano para tal menester. Sobre las viviendas y corrales cedidos por Elvira, Inés y sus monjas proyectaron la distribución del nuevo convento. Al tratarse de construcciones civiles preexistentes, las religiosas tuvieron que habitar y adaptar a contrarreloj el espacio, creando los muros de clausura, las celdas comunes y habilitando una de las salas como capilla provisional. Dentro del grupo de monjas que acompañaron a Inés se encontraban:

_ Sor Lucía de los Ángeles, nombrada Vicaria y su mano derecha directa en la jerarquía, encargada de sustituir a la abadesa y coordinar el día a día comunitario.

_ Sor Eufrasia de Santa Clara, como Maestra de Novicias encargada de la formación de las futuras vocaciones.

_ Sor María de Jesús, al frente de la liturgia y el coro.

 _ Sor Isabel de la Cruz, encargada de la administración e intendencia.

 De las demás, hasta treinta no he podido recuperar los nombres, los cuales supongo que descansarán en los archivos del Obispado.

Lamentablemente, Inés falleció joven, en 1515, y su cuerpo descansa en el coro de la capilla. Algunas fuentes apuntan que su cuerpo se mantuvo incorrupto y que de él emanaba un olor de espiritualidad parecido al de las flores, pero no existen registros históricos, documentos ni crónicas que afirmen este hecho. Este malentendido tiene su origen en dos motivos principales dentro del ámbito de la historia religiosa. Por un lado, la confusión con otras figuras de la orden, como la célebre María de Jesús de Ágreda (Soria); al compartir orden y renombre histórico, a veces se mezclan sus biografías. 

Convento de las Concepcionistas

Por otro lado, el fenómeno de las "Santas Vivas", grupo en el que Inés está catalogada históricamente entre los siglos XV y XVI. Este término no se refería al estado de su cuerpo tras morir, sino a una corriente mística de la época: eran mujeres con una intensa fama de santidad, austeridad y liderazgo espiritual en vida, muy respetadas por la sociedad y las autoridades eclesiásticas. La temprana muerte de la joven abadesa no hizo sino aumentar el mito.

En la actualidad, el edificio principal se mantiene en pie tal y como fue concebido, pero acusando el paso de los siglos.

 Su planta irregular de dos alturas, en cuya parte posterior destaca un extenso patio con huerta donde crece el Nogal de Sor Ángeles, protegido localmente y visible desde la calle Pocilla. La fachada luce el característico aparejo toledano, donde se alternan paños de mampostería entre verdugadas de ladrillo. En este lienzo exterior puede contemplarse aún el escudo heráldico esculpido en piedra del Cardenal Cisneros, testimonio directo de su patronazgo histórico. Justo sobre la puerta de entrada, una sobria hornacina cobija la imagen en piedra de la Inmaculada Concepción, titular de la orden. Corona el edificio una cubierta de teja árabe dispuesta a diferentes aguas, rematada por aleros con ménsulas de madera.

Convento de las Concepcionistas 

En 1984 aún existía un colegio anexo al convento en la misma plaza de las Monjas, llamado de San José. Ante la deficiencia estructural del edificio monástico y los graves problemas de habitabilidad en esas estancias, se tomó una decisión dolorosa pero necesaria. Las monjas, que poseían la propiedad legal de este edificio escolar aunque no formara parte del legado original de Elvira López, decidieron clausurar y derribar el colegio para levantar sobre su suelo un complejo residencial moderno, cómodo y adaptado a las necesidades de la clausura. Esto les permitió abandonar las dependencias históricas más ruinosas sin tener que mudarse de la emblemática calle de las Monjas. Es precisamente en el interior de este nuevo complejo donde las religiosas protegieron sus mayores tesoros artísticos, habilitando un pequeño Museo de Arte Sacro que custodia una selecta colección de cuadros antiguos, la protegida Virgen de Belén y el fresco renacentista de la Sagrada Cena, el cual se salvó milagrosamente del derribo al quedar el muro del refectorio intacto y abrazado por la nueva edificación.

Fresco de la Última Cena refectorio Convento de las Concepcionistas 

Conocer la historia no es solo un ejercicio de nostalgia; es la prueba de que este espacio, como tantos otros, nació para servir al pueblo y que su situación actual es una deuda pendiente con nuestra propia identidad. Es paradójico pensar que el convento que aún alberga los restos de su primera Abadesa, que ha sobrevivido a los saqueos de la Guerra de la Independencia y de la Guerra Civil, hoy sufre el peor de los males: el olvido y el deterioro. El patrimonio no es solo piedra; es memoria viva. Ver cómo un complejo arquitectónico de esta magnitud e importancia, con más de 500 años de historia, se degrada a la vista de todos... es una herida abierta en el corazón de Illescas.

Nuestra Señora de Belén, Convento de las Concepcionistas

Sor Inés y sus primeras monjas dedicaron su vida a la comunidad; desde la fe y la asistencia, cientos de mujeres hicieron lo mismo a través de los años. Hoy, siglos después, este espacio se puede reconvertir. Sus muros abandonados pueden transformarse en un Centro Cultural, un espacio de atención ciudadana, talleres para jóvenes o un hogar para asociaciones locales. Las posibilidades son infinitas y no, no es destruir el pasado de este monumento: es honrarlo, devolverlo a la vida y a la utilidad social con la que Cisneros y Sor Inés lo concibieron originalmente en el siglo XVI. Cada vez que los vecinos de Illescas, y sobre todo los que nacimos y crecimos aquí, pasamos por esa calle, añoramos la algarabía de los niños entrando y saliendo de clase, el murmullo y las risas cómplices de las jóvenes que daban vida a la plaza de Las Monjas Hoy, sin embargo, ese bullicio se ha ahogado en un silencio de abandono que pesa demasiado. Elvira López entregó sus casas y su patrimonio secular; Sor Inés de la Concepción desgastó su juventud liderando la fe y la asistencia de la villa. No permitamos que la desidia institucional derribe lo que las guerras y el paso de los siglos respetaron. Illescas no puede permitirse el lujo de dar la espalda a sus raíces. Recuperar este convento no es solo salvar unos muros de ladrillo y piedra, sino saldar una deuda moral con nuestra propia identidad. Es hora de que el Ayuntamiento y los organismos responsables asuman su compromiso con el patrimonio local, abran las puertas de este edificio al porvenir y transformen la nostalgia de lo que fuimos en una certeza de utilidad social para las futuras generaciones. No dejemos que se hunda la memoria de nuestra villa. 


1 comentario:

  1. Hola Jota gracias por tu excelente trabajo de investigación de la historia olvidada de Illescas.

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