Hasta ahora hemos descubierto que Illescas —la real o pretendida «Ilarcuris»— fue reconstruida a finales del siglo XI. Tras ser fortificada, la villa fue donada a la Iglesia de Toledo, pasó después a manos de la Iglesia de Segovia y, finalmente, regresó a la Corona mediante un trueque de pueblos realizado por Alfonso VII «el Emperador», quien además le otorgó su carta puebla. Más tarde, Sancho III volvió a donarla en su testamento a la Iglesia de Toledo, cuyo prelado, don Juan, la cedió a los canónigos.Durante el siglo XII, el municipio se pobló con una colonia de gascones que se sumaron a los castellanos y mudéjares que ya habitaban el lugar. Illescas ya figuraba como una villa fuerte durante el alzamiento de las Comunidades de Castilla, y funcionó en diversas ocasiones como residencia regia. Entre estas estancias reales, una de las más célebres fue la que reunió a Carlos V, Francisco I de Francia, la reina Germana de Foix y otras damas de la corte los días 18 y 19 de febrero de 1526. Medio siglo después, Felipe II incorporó de nuevo la villa a la Corona, esta vez con el beneplácito de los canónigos toledanos.Hemos observado que la villa no está huérfana de anales históricos, aunque muchos de sus datos se hayan perdido o permanezcan escondidos entre libros y legajos. Lo mismo ocurre con su templo parroquial.
Mudejar
Construido probablemente entre el último tercio del siglo XII e inicios del XIII —según el fundamentado criterio de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando—, el templo fue testigo directo de los acontecimientos que sacudieron a Illescas. Siguiendo las costumbres de la Edad Media, es muy probable que su pórtico acogiera las juntas concejiles. En estas reuniones se debatían las interminables disputas provocadas por el constante trasiego de dueños de la villa; unos conflictos que, especialmente en el siglo XVI, llegaron a acarrear excomuniones colectivas, tal como expone el Conde de Cedillo en su notable Inventario Monumental de la provincia de Toledo. Más allá de estos episodios, no se conservan noticias de otros sucesos donde la iglesia desempeñara un papel protagonista.
Raquel la Judía de Toledo
No obstante, existe una arraigada tradición popular que asegura que, en el año 1195, mientras se encontraba en el sagrado recinto de este templo, el rey Alfonso VIII «el Noble» sintió el peso del dedo de Dios. Se dice que allí tuvo la visión profética del desastre de la batalla de Alarcos y de la trágica muerte de sus hijos varones, interpretadas como un castigo divino por su apasionado y desatentado amor hacia la judía Raquel, «la Fermosa».
Es muy conocido este episodio de la vida del vencedor de las Navas de Tolosa, difundido con la autoridad de su regio bisnieto Alfonso X «el Sabio» en su "Estoria de Espanna" y de Sancho IV «el Bravo» en su Libro de los castigos. Ambos relatos narran aquellos «siete años que el rey vivió mala vida con una judía de Toledo», razón por la cual «dióle Dios gran llaga e gran abatimiento en la batalla de Alarcos», según escribió el inquieto hijo de Alfonso X.
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| Alfonso VIII |
Consecuentemente, es necesario despojar a la iglesia de Illescas de aquel falso papel histórico como escenario de un arrepentimiento regio. No obstante, en una capilla absidial del lado del Evangelio —llamada del Ángel y señalado como el supuesto lugar del suceso— se conservan un cuadro y una lápida, ambos del siglo XVII, que conmemoran dicha leyenda.
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| Restauración de 1948 |
Más verídicas eran, al parecer, otras losas de estilo gótico-mudéjar que guardaban la memoria sepulcral de ilustres linajes de la villa. Según las Relaciones topográficas mandadas hacer por Felipe II, estos enterramientos pertenecieron a familias como los Olarte, Volante, Luján, Jaraba, Díez del Castillo y Salto, entre otras. Incluso en una de aquellas lápidas existía una misteriosa inscripción en árabe.
Lamentablemente, el paso del tiempo y la mano del hombre hicieron desaparecer esas capillas y aventaron las cenizas de sus protectores, borrando así sus memorias. Sin embargo, no por ello ha de considerarse el monumento de Illescas como irrelevante. El templo es en sí mismo un documento histórico valiosísimo, ya que narra, con la elocuencia de sus formas, el estado social y cultural de una época. Su mezcla de románico, aquitano y mudéjar confirma un testimonio rotundo: el que las fuentes escritas muchas veces no nos pueden contar.
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| Interior de la Iglesia de Santa María , Altar Mayor |
Nuestra torre —conocida popularmente como «La Giraldilla»— es una de las más antiguas entre los escasos ejemplares medievales que se conservan y está considerada la más hermosa de todas las toledanas. Curiosamente, este apodo popular nació por analogía visual con la Giralda de Sevilla, aunque esconde un divertido error conceptual: el nombre de la torre sevillana proviene del verbo girar, debido a la gran estatua-veleta que corona su cúspide, el Giraldillo. Dado que nuestra joya mudéjar carece de tal elemento, el sobrenombre carece de su sentido original, pero no de su cariño. Sea como fuere, esta torre nos dicta un capítulo vivo sobre la existencia de aquellas gentes, antepasadas nuestras. Por todo ello, la Iglesia de Santa María de Illescas constituye un testimonio histórico elocuente por sí mismo, capaz de hablar con fuerza a pesar de su mudez documental.





