miércoles, 17 de noviembre de 2010

Comienza la Historia.

Por el momento nos dejaremos de tiempos tan remotos, a sabiendas de que cualquier vestigio de ellos se perdió irremediablemente en la memoria de los habitantes de estas tierras. Nos ceñiremos, en cambio, a los retazos de historia que sí han logrado llegar hasta nuestros días. Según la fuente que se consulte, se cuenta que Illescas fue fundada por los griegos curetes o por los griegos almunides.
Un ejemplo de ello lo podemos leer en el libro “Población General de España: historia cronológica, blasones y conquistas heroicas...” (un título largo donde los haya), escrito por Juan Antonio de Estrada en 1748. En su obra se cita textualmente:
“Se llamó Titulcia, nombre romano del Emperador Tito, que se sospecha fue a su honor cimentada pero tal vez reedificada porque hay quien diga que fue de los Griegos Almunides y que se llamó Illarcuris, y parece más cierto, pues de esto quedó Illescas”.

Para encontrar una explicación más científica, podemos acudir al escritor Álvaro Galmés de Fuentes. En su libro “Los topónimos: sus blasones y trofeos (la toponimia mítica)”, publicado en el año 2000, nos explica que el nombre de Illescas está estrechamente relacionado con la raíz protoindoeuropea il-, que significa “ciudad”. Con diferentes terminaciones, encontramos esta misma raíz por toda la península, dando origen a nombres como Ilibirri (“ciudad nueva”), Ilerda (“Lérida”) o Ilurcis (“Lorca”). En nuestro caso, al unirse con la terminación -isica o -esica, dio como resultado Ilesica, según las reglas del romance preliterario centro-meridional. Más adelante, tras sufrir una simplificación mozárabe, evolucionó a Iliesca, la forma de la que finalmente nos llega el actual Illescas.


El caso es que nuestra Villa ha atravesado por diversas épocas de esplendor y decadencia hasta llegar a su estado actual. Teniendo en cuenta la costumbre de los antiguos de bautizar las tierras que fundaban o conquistaban con nombres de su propia patria y lengua, es lógico suponer que Ilarcuris —el nombre primitivo más antiguo que conocemos— se derivara de Ili-Curis, o lo que es lo mismo, "ciudad de los curetes".
Sin embargo, las crónicas dicen que estos fundadores terminaron abandonando la península debido a una pertinaz sequía (aunque, como siempre, los historiadores no terminen de ponerse de acuerdo). Fue tras esta desbandada cuando llegaron los cerritanos o curitanos —a los que la sequía no les debió de importar mucho, o quizás es que sabían cómo sacar el agua de donde no la había, ¡vete tú a saber!—. Estos nuevos pobladores, a los que algunos cronistas llamaron almunides, fueron los primeros en edificar aquí una fortaleza o colonia que sirvió de refugio como ciudad sacerdotal.
 
Tabla de Europa
  Ptolomeo, en el año 162, cita a Ilarcuris en la Carpetania dentro de su segunda tabla de Europa, señalando exactamente su situación en grados respecto a Toledo. Tras este apunte, el silencio se apodera de los documentos y ya no se vuelve a tener noticia o mención alguna de la Villa hasta el año 636. Es entonces cuando san Julián, arzobispo de Toledo, al hablar de san Ildefonso, relata que este fundó un monasterio de religiosas en la Villa. El motivo de tan largo intervalo fue, indudablemente, la desaparición casi por completo de la población hacia el año 433, época en la que terribles epidemias asolaron la Carpetania y mermaron drásticamente a los habitantes de zonas como Madrid y Toledo.

Tomado este enclave y su provincia por los árabes, e indudablemente debido a su estratégica situación, la restauran y conservan no como una plaza fuerte, sino como un lugar de recreo, utilizando y mejorando su hermoso Alcázar (¡parece que estoy hablando de otro pueblo, a que sí!). Tras la Reconquista, el rey Alfonso VI la donó a la Iglesia de Toledo, de cuyo poder pasó misteriosamente al Obispado de Segovia sin que se sepan muy bien las causas.
Sin embargo, el dominio segoviano duró poco. El 21 de marzo de 1124, el rey Alfonso VII el Emperador redimió la Villa mediante una «carta de truco» —es decir, un trueque o intercambio— firmada con el arzobispo de Segovia para que volviera a ser de suelo real. Años más tarde, el 6 de abril de 1154, este mismo monarca firmaría la famosa Carta Puebla de nuestra ilustre e imperial Villa.
¿Quién nos iba a decir que bajo el asfalto que pisamos cada mañana se esconden los ecos de un Alcázar musulmán, de trueques entre reyes y de la firma de un Emperador? Nuestra historia no empezó ayer con las naves industriales ni las avenidas modernas; se forjó a base de privilegios reales y de la resistencia de un pueblo que se ganó a pulso su nombre. Así que, la próxima vez que crucéis el casco histórico, recordad que pisáis suelo imperial. Y vosotros, ¿conocíais este trueque real que nos devolvió a la Corona? !seguid atentos a las próximas migas de historia!

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